La otra cara de la Santería en Buenaventura y el Pacífico

Cuanto tenía siete años Lucía Solís fue elegida por su tía para perpetuar sus conocimientos como santera, una sabiduría que, lejos de utilizarla para venganzas y magias oscuras, decidió dedicar al bien para mitigar el dolor causado por el conflicto interno colombiano.
“Me forzaron a aprender esto, porque a los siete años uno no tiene capacidad de decisión. Pero luego decidí utilizarlo para hacer el bien, y alejarme de lo que llaman magia negra”, explica desde su humilde casa en el peligroso barrio del Progreso, en Buenaventura.
Los afrocolombianos, mayoría en esta ciudad y en toda la costa pacífica del país, aún practican con fervor la santería heredada de sus raíces africanas, y que, en palabras de Solís, nace y sobrevive de la necesidad de defenderse de los males ajenos.

“Es la defensa de nuestra cultura, y del ser como tal”, insiste, aunque cree que las fuerzas naturales y sobrenaturales no deben utilizarse contra el prójimo, algo que ha comprobado es posible.

En medio de un duro conflicto que ya dura más de medio siglo, la minoría afrodescendiente, que habita en una de las áreas de mayor pobreza y desprotección del país, encontró precisamente en la santería un modo de defenderse.
“Los grupos (paramilitares o la guerrilla) empezaron a enterrar ellos mismos a los muertos porque sabían que los afros les podían hacer un arreglo si encontraban los cuerpos”, explica Solís, en referencia a los rituales de venganza contra los victimarios que practican los ocultistas con los cadáveres.

“Si se hace un arreglo sobre un cuerpo, uno puede hacer enfermar a quien lo mató. No es raro que a los pocos días quien lo hiciera, o alguien de su familia, acabe muerto”, añade la mujer, de 53 años, que ahora fundamentalmente aplica sus conocimientos ancestrales a la medicina natural.

Durante sus años de entrenamiento, Solís “aprendió de todo”, pero siempre superó cualquier tentación de usar prácticas como el vudú u otras artes oscuras, incluso cuando uno de sus hijos fue amenazado de muerte por los grupos violentos y acabó huyendo del país.
“Solo lo he practicado para comprobar que de verdad funcionaba”, subraya en una entrevista facilitada por International Women’s Media Foundation (IWMF).

Como una suerte de sabia, de consejera, rodeada de plantas, botellas y artilugios para sus mezclas, la afrocolombiana recibe a muchos jóvenes de su barrio, uno de los más conflictivos, para tratar de alejarles de las malas influencias.

“Muchas veces creo que les ayudo, pero otras ya llegan con las mentes demasiado envenenadas”, dice preocupada en alusión a los menores que acaban involucrándose en bandas criminales, con gran arraigo en la región.

No obstante, su misión va mucho allá, y además de su labor social, dedica gran parte de sus esfuerzos a la elaboración de medicinas y mezclas naturales, cuya clave, asegura, es el conocimiento de cada uno los seres que crecen en la tierra.

“Mi tía me tapaba las ojos cuando era pequeña, y me obligaba a identificar las plantas por su olor y por su tacto, y así me iba indicando cuáles eran sus propiedades. Y yo le preguntaba: ‘Pero tía, ¿por qué con los ojos tapados?’, y respondía que así si me quedaba ciega podría igual sobrevivir”, cuenta con una sonrisa y sus ojos de oscuro azul.

Con los años apreció todo lo que aquella mujer le transmitió pese a renunciar a aquello vinculado a la hechicería, especialmente lo relacionado con la espiritualidad y el equilibrio natural de los humanos y el universo.

“Todo es una cuestión de respeto y de fe. La naturaleza es siempre superior a nosotros y tenemos que cuidarla y aprovechar la cantidad de ayuda que nos ofrece. Lo demás, es creer que uno puede hacer el bien y desatar esa energía”, dice con convicción.

Solís asegura que la cultura afrodescendiente se ha visto duramente golpeada por las consecuencias de la guerra en el país, por lo que seguirá la tradición de depositar sus conocimientos en las generaciones futuras, “pero solo lo bueno”, reitera.

Ya ha encontrado a su pequeño aprendiz de santero, su nieto, quien, según dice, por “curiosidad y de una forma muy natural”, ya prepara sus propios ungüentos.

 

Fuente: El Colombiano