revolución o muerte

La violencia genera muerte y nada más. Es algo destructivo que no se puede justificar con ninguna legitimación de estado. Para entender esto no vale esperar que el ejército mate a un joven a disparos, como ocurrió en la vía entre Guachené y Padilla, por “la actuación indebida de un oficial subalterno y las tropas que comandaba”. Ni que se ocasione, “por errores personales del mando que estuvo al frente” de acciones guerrilleras, la muerte de dos trabajadores en el área de Teorama, Norte de Santander. Todos los días, en cualquier enfrentamiento, la violencia sigue generando violencia. 
 
Quien quiere la paz en Colombia tiene que solucionar los problemas que generaron el conflicto. Es incorrecto ser protagonista en un conflicto armado y acusar al enemigo de ser bandido y terrorista, cuando se sabe que el insurgente se levantó por defender derechos contra una explotación injusta y violenta. 
 
No tiene sentido reconocer a una insurgencia, nacida desde el pueblo, como interlocutor en una mesa de paz y seguir calificando de terrorismo criminal a la misma, cada vez que hay muertos en los enfrentamientos armados. 
Aún más incomprensible, en el conflicto colombiano, es la orden de un cese el fuego unilateral. Todos entienden que cuando, en un conflicto, una parte deja de utilizar armas, la otra seguirá de pronto matando a todos. Solo tiene sentido, en este conflicto, un cese el fuego bilateral. Hasta que no se llegue a esta decisión, las dos parte siguen con igual responsabilidad en el conflicto, tanto el gobierno como la insurgencia. Hay que reconocer que la violencia no solucionará las causas del conflicto y, sobretodo, que nunca la violencia promocionará justicia y derechos. 
 
¿Como puede un gobierno tan corrupto y violento como lo de Colombia, comportarse como si fuera la víctima virgen de una violencia guerrillera? Hasta que no se reconozca que siguen las injusticias que generaron el conflicto y  no se busque de verdad una solución equitativa, no saldrá un camino de paz. 
 
Todos saben que, a pesar del acuerdo de paz en la Habana (en que hay que seguir esperando), muchas personas seguirán delinquiendo con armas en las mano. Hay criminales en Colombia que desplazan la población civil bajo el interés económico dominante del estado y de los inversionistas extranjeros. Hay criminales involucrados en el narcotráfico y en las demás obras delincuenciales que todo el mundo conoce y que  prosperan más donde hay falta de educación, de oportunidad laboral, de inversiones para el bienestar social. 
 
Quien quiere la paz tiene que mejorar el contexto social que genera brutalidad violenta y injusticia. Por hacer esto no se necesitan armas. Se necesitan  inversiones sin robarse toda la plata destinada a obras de interés público. Se necesita una alternativa política a la oligarquía dominante. Se necesita una verdadera revolución. 
 
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