Parteras de Buenaventura y el Pacífico: Tesoros en medio de la Miseria

Los jóvenes que andan armados por el Lleras Camargo, un barrio de Buenaventura con caminos de piedra y casas de madera, respetan a Melenciana Cundumí.

Ellos, miembros de bandas como ‘la Empresa’ y ‘el Clan del golfo’, que defienden territorios a sangre y fuego, reconocen a esta septuagenaria como una especie de sabia que ha traído al mundo a los hijos de buena parte de los habitantes del Lleras y de otros sectores del puerto vallecaucano.

Doña Melenciana es una de las 1.600 parteras del Pacífico (específicamente de los litorales de Valle, Chocó, Cauca y Nariño).

 

Ser partera significa salir de su casa, sin importar la hora, cuando le avisan que una mujer está a punto de dar a luz en alguno de los apartados corregimientos o veredas de la zona, muchos de los cuales no cuentan con puestos de salud. Cuando eso ocurre, Melenciana empaca rápidamente los elementos esenciales para su labor, como la campana de Pinard, un estetoscopio de madera que, pegado al vientre de la futura madre, permite escuchar los latidos del pequeño que pronto nacerá.

Los recorridos para atender un parto pueden durar horas, a veces por mar y por río, como cuando se va a las veredas de Puerto Merizalde, por el río Naya. Y los costos son altos: por un viaje de Buenaventura a López de Micay, Cauca, se pagan alrededor de 100.000 pesos por trayecto (seis horas en lancha), con el agravante de que muchas veces quienes llaman a las comadronas no tienen con qué pagar su transporte ni sus servicios.

Tambien te puede interesar  Primeros ganadores del XXI festival de música del pacífico ´Petronio Álvarez´

Por no hablar de la falta de comprensión de buena parte de los médicos de la región, que no ven con buenos ojos que estas mujeres preparen a la gestante con sus conocimientos ancestrales y acompañen a su familia, incluso desde meses antes del alumbramiento.

Todo esto, en una región ‘caliente’, que en el 2014 llegó a producir 41 homicidios por cada 100.000 habitantes en Buenaventura –de acuerdo con Medicina Legal–, frente a los 26,5 que registró el país ese año.

Aun cuando la tasa se redujo a 21 por cada 100.000 en el 2015 (último dato disponible) y las bandas criminales andan con un perfil bajo, después de la atención nacional que suscitaron las denominadas ‘casas de pique’ (lugares dedicados al asesinato y la desaparición de cadáveres), lo cierto es que siguen amenazando a la población.

Parteras como Plácida Lerma, con más de 30 años de experiencia, y Rosmilda Quiñones, de 66 años y una de las fundadoras de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico (Asoparupa), señalan que esta situación no solo pone en riesgo sus vidas, sino que dificulta la prestación de sus servicios.

Pero a pesar de todos los sacrificios y riesgos que implica, la partería aún está muy lejos de ser un medio para ganarse la vida. Doña Melenciana y sus colegas asumen su oficio como un aporte a la comunidad, que en la mayoría de los casos no tiene una remuneración económica. Por eso, la mayoría no tiene seguridad social y debe buscar actividades que sí generen ingresos, desde sembrar chontaduros y papas chinas hasta desempeñar oficios domésticos. Al final, sus ingresos mensuales no equivalen ni a un salario mínimo.

Tambien te puede interesar  Líderes del comité del #ParoCívicoEnBuenaventura se reúnen con el Gobierno Nacional, Local y Gobernación

Por la precariedad en la que viven, Plácida Lerma y varias de sus colegas están pidiendo más apoyo del Estado. “Nos sentimos desprotegidas por las autoridades civiles de Buenaventura, y tampoco sentimos respaldo de la Gobernadora del Valle”, dijo Lerma, quien estuvo tocando puertas de la administración departamental para la ayuda.

Para completar el difícil panorama, a las amenazas materiales que enfrenta esta actividad se vienen sumando las espirituales. En Chocó, Valle, Cauca y Nariño, parteras que se han integrado a iglesias evangélicas son cuestionadas por sus congregaciones debido a sus prácticas ancestrales.

 

Para leer la nota completa: https://goo.gl/omuZfs

Fuente: El Tiempo