“Ojalá sea verdad”: Las promesas de Buenaventura

No hay otro municipio de este país que haya recibido tantas promesas incumplidas como Buenaventura. Ni ha existido gobierno que no haya anunciado obras y más obras para este olvidado pero a la vez exprimido puerto que le tributa a las arcas nacionales más billones que ningún otro de todas nuestras costas.

Sin embargo —repito— todo se va en promesas. Recordemos no más el célebre nombramiento de un gerente para el Pacífico que, creo, fue al puerto solo dos veces y no volvió. Y no olvidemos los también célebres USD$ 400 millones que se anunciaron a los cuatro vientos, que primero iban a ser para Buenaventura y luego para el Pacífico y llevan con ese cuento más de cuatro años. ¿O no?

Y para no ir más lejos, la doble calzada que está enredada, el aeropuerto en veremos y el tren, que dicen, resultó una estafa de la multinacional Trafigura y un paisarrete culebrero.

Por otra parte, es inconcebible que este municipio de más de 450 mil habitantes no tenga agua las 24 horas del día y por eso llama la atención que el Ministerio de Hacienda haya anunciado que por fin está listo un crédito del BID por USD$ 256 millones, que les permitirán a los porteños contar con el líquido vital de manera permanente.

Según el cronograma, las obras pertinentes se ejecutarán en cuatro años. Sin embargo, y paralela con esta noticia que ha llenado de alborozo y esperanza a los habitantes de la Isla de Cascajal, nos llega un baldado de agua fría: El famoso Acuaparque de este puerto, que luego de tres años de la firma del contrato respectivo lleva siete meses de retraso, a pesar de que ya han girado el 94 % de su valor y que tan solo se ha ejecutado el 11 % del mismo.

Lo anterior significa que también esta obra ha corrido la misma suerte de tantas y tantas que no se terminan nunca y, por ello, las “ías” están respirándole en la nuca al contratista y, lógico, a sus cómplices.

Ojalá esto mismo no suceda con las obras del acueducto que no demoran en estar en la mira del “cartel del ají” que ronda en ese saqueado y esquilmado bello puerto del mar.

 

 

Fuente: El Espectador – Mario Fernando Prado