Betty Garcés: una soprano de Buenaventura para el mundo

Betty Garces

En la casa de Betty Garcés nunca sonó Pavarotti, ni Placido Domingo, ni mucho menos Verdi o cualquiera que se acercara a la música lírica. Cada sábado, en esta casa sencilla de Buenaventura, retumbaban La Fania o Rubén Blades, mientras el padre de Betty, un educador del puerto, hacía fiesta con sus amigos.

Y, sin embargo, de esa misma casa de percusión y trombones salió la mujer que podría ser la primera soprano de esta tierra afro, a orillas del Pacifico colombiano.
Casi 9.500 kilómetros la separan de su natal Buenaventura, de la que extrañaba la lluvia, de esas cosas inimaginables y sencillas que añoran los que se van lejos. “Cuando era niña, salíamos a lavarnos bajo la lluvia y era una fiesta”, dice.
“Lo máximo era que había visto a Pavarotti por televisión, pero nada más. Solo cantaba como cuando uno está lavando y jugando, hasta que mi mamá dijo: ‘Ve, a la niña como que le gusta cantar’ “, cuenta por teléfono, con una voz tan dulce que parece otra a la que se le oye al cantar. 
Como casi todo lo bueno llega por azar, por accidente, el caso de Betty no fue la excepción. Sus padres, ambos profesores, solo con la intuición de que su hija tenía un talento y haciendo el primero de muchos esfuerzos económicos sobrehumanos para un par de maestros, la llevaron a Cali para estudiar el bachillerato y la inscribieron en el conservatorio para que aprendiera guitarra.
Pero como Betty no sabía de notas ni lograba sacarle sonidos a una pequeña guitarra que le habían regalado, la profesora le pidió que cantara a capella y descubrió su voz, que a ella misma le sonaba extraña.
“Me oía muy rara, yo nunca me imaginé cantar música lírica, nunca”, dice Betty. Su voz fue un descubrimiento dentro de sí misma.
Lo único de música que tenía en la sangre venía de su abuelo paterno, que era el saxofonista de la banda del pueblo, y del materno, que tocaba la armónica. Nada más. De niña, ella les pedía que le enseñaran.
“Creo que los sonidos se me quedaron grabados en el corazón, porque cuando empecé a cantar sentí que estaba en mi elemento, que la vida cambiaba de color”.
Comenzó a trabajar en la técnica de la mano de la misma profesora que le sacó la voz por primera vez, aunque no fue fácil.
Seguía escuchándose extraña, aunque le jalaba, le atraía el jazz, un sonido más cercano a la raíz negra, con la que Betty se la lleva bien. Se desanimaba, le preocupaba que una carrera en la música lírica es costosa y su situación económica era complicada.
Pero la invitaron a hacer un dueto con el barítono caleño Juan Carlos Mera, en un teatro municipal. Cantó canciones colombianas y españolas, y el aplauso que recibió al final la reafirmó. Y el toque definitivo fue cuando el maestro Francisco Vergara, caleño también, músico y filántropo, la escuchó interpretar un aria de Cleopatra. No solo la asumió como su discípula, sino que se convirtió, junto con la ex ministra de Cultura, Mariana Garcés, en el artífice de que Betty haya podido viajar a Europa a estudiar.
Ese proceso duró cinco años y consiguieron lo suficiente para el tiquete, un curso de alemán, los primeros semestres de la escuela, el tren, la comida, la vida.
“Mi familia no tenía esa posibilidad; si yo me iba al exterior, eso iba a ser un milagro económico. El sueldo de un educador no da, pero de todas formas ellos trataron de hacer lo que más pudieron y Dios abrió las puertas”, cuenta Betty, que viajó apenas sabiendo decir guten morgen (buenos días) en alemán.
La plata duró año y medio y hubo que recoger de nuevo. Una institución llamada Industrias Culturales (integrada por empresarios) la apoyó para el resto, pero ya se terminó.
Ser negra, dice, contrario a lo que le pasaba en Colombia, la ha hecho sentirse respetada y, aunque no es la única música lírica afro, les parece interesante, dice. “Muchas veces sentí más discriminación en Colombia, no en la ópera, sino en el diario vivir, en cosas como que tenía un trato diferente si estaba en una fila, o comentarios como ‘tenía que ser negra’, aunque ya me da igual”.
Prueba de fuego
Betty es reservada y tranquila, algo tímida. Pero el 20 de julio del 2011 tuvo la mayor prueba de fuego de su vida. Se presentó en el Concierto Afro, con el que el Ministerio de Cultura celebró la Independencia de Colombia, y lo hizo ante un público negro, que, como en su casa de infancia, estaba feliz bailando chirimías y currulaos, hasta que ella llegó con su chorro de voz, acompañada del piano de Teresita Gómez.
Primero, hubo extrañeza, un silencio infinito, respeto. Pero, finalmente, Betty obtuvo aplausos ininterrumpidos como respuesta cuando cantó en el Palacio de los Deportes, de Bogotá.
“Todo el concierto era música del Pacífico y yo con mi canto lírico pensaba: ‘¿Dónde me voy a meter? La gente va a seguir bailando y gritando’ “, recuerda. Era su forma, comenta, de decirle a “su gente” que eso era lo que estaba aprendiendo en Alemania.
Su voz, afirma, es “de un color más oscuro que una soprano lírica” y tiene un registro grave. “Con la voz que tengo puedo trabajar repertorio italiano, como Verdi y Puccini”.