Yuri Buenaventura: El suicida que nunca fue

Yuri Buenaventura hace algún tiempo se suicidó. Llevaba siete años en París, pero los últimos tres había aguantado hambre y vivido en la calle. Entonces llegó el desespero. No aguantó más. No veía salida alguna. Se quería morir. A media noche, pasando por uno de los puentes del Río Sena, se amarró al cuello la pesada caja de su bongó y se lanzó a aquellas aguas diáfanas para no regresar nunca jamás.

Pero no se murió. Muy a pesar de que iba tan pesado de ropa: llevaba unas gigantes botas, pantalones térmicos, camisa, saco, chaqueta, guantes, bufanda, gorro y aquel instrumento de percusión que lo llevaron hacia el fondo, no se murió. Así pasaron más de 10 minutos en los que no se sabe si estuvo del otro lado. De pronto hubo un resuello, abrió sus ojos, sacó la cabeza del agua helada y como si peces invisibles lo hubieran despojado de sus pertenencias y sacado a flote, salió en calzoncillos con ganas de comerse al mundo. No era el momento de morir.

Nació en una casa de palafito en un barrio marginal llamado Viento Libre en Buenaventura. Su papá recuerda que mientras la partera lo estaba recibiendo, afuera se presentaban las fiestas de mayo y no paraban de sonar marimbas, tambores y cununus. Su alma llegó impregnada de música. Diferente a los demás niños que se dedican a jugar fútbol descalzos en cualquier peladero, Yuri prefería adentrarse a los manglares a escuchar cantar a los pescadores hambrientos y aprender de sus historias; como aquella donde los barcos chinos llegaban a arrancarle las aletas a los tiburones y tirar sus restos al fondo del mar dejando a los colombianos sin qué comer.

 

Curiosamente mientras en la calle sonaban marimbas y cantos africanos, cuando llegaba a casa se encontraba a su papá escuchando música clásica. Y es que don Manuel Bedoya era un hombre culto que leía desde Kafka hasta los pliegos de cargos de los pescadores sindicalistas del puerto a quienes defendía. Para aquel hombre de barba blanca y tez blanca su obsesión era que su hijo estudiara algo que le diera lo que se había perdido en esos parajes olvidados de Colombia: Dignidad. Mientras que por el lado de su madre, Yuri lo único que recibía era bendiciones y apoyo: “Sea lo que quiera ser, pero sea una buena persona”, decía su mamá.

Eran los años ochenta, llegó la adolescencia y un camino a elegir. Buenaventura seguía igual, siempre olvidada. La fortuna solo hacía parada en gigantes barcos en el puerto para irse de nuevo sin dejarle nada a los locales. Yuri para tener contento a su papá entró a estudiar biología, pero no se sentía a gusto. Incluso cuando los caleños visitaban el puerto de inmediato hacían el feo; les parecía un pueblo de calles apestosas, olor a pescado y de negros vagos escuchando salsa y jugando dominó. Para acabar de completar las malas condiciones de la ciudad, la guerrilla la había convertido en objeto de reclutamiento forzoso. En las noches se llevaban a todo joven que estuviera en la calle y si no querían irse los mataban.

La primera vez que Yuri escuchó hablar de París, fue por un amigo que había llegado de visita. Éste lo convenció que era mejor destino Europa que irse de polizón a los Estados Unidos como estaba pasando. Pero el día que tomó la decisión irreversible fue aquella mañana que en la esquina donde se la pasaba con su gallada no aparecieron ni Beto ni Gallinazo, dos de sus mejores amigos. Cuando averiguó, le contaron que los reclutadores los habían matado por no querer irse para el monte.

 

Yuri se puso a vender calcomanías, a hacer rifas y mandados en su vieja moto. El objeto: conseguir los 150 mil pesos que costaba el pasaje de ida a París. De modo que  un día se sentó frente a su papá y le dijo que se iba para la capital de Francia a estudiar Economía en la Universidad de La Sorbona. Con ese compromiso el viejo Manuel no le puso problema a su hijo. Yuri vendió su moto y hasta la ropa, pero como no le alcanzó para comprar el tiquete pidió el resto prestado prometiendo que además de estudiar iba a trabajar para enviar mes a mes el dinero que cubriría la deuda.

Yuri llegó a una ciudad cosmopolita donde veía caminar desde japoneses hasta musulmanes. Estuvo temprano en la dirección del amigo que le había prometido recibirlo, pero pasó la mañana, la tarde y la media noche y nunca nadie apareció. En su bolsillo tenía algunos dólares con los cuales se mantuvo un par de días. Entonces inició una épica vivencia en las calles de París. De todos modos tenía un as bajo la manga; para no aguantar hambre comenzó a tocar su bongó en las estaciones del metro. Recursivo supo que las personas sin hogar definido dormían en la estación de “Cité”, a donde llegaban en las noches porque el sitio era cerrado al público. Ahí se abrigaba del frío y sorteaba la soledad.

Paradójicamente Yuri no era cantante, su vocación era la percusión. De hecho así fue como conoció a Angel Remedi, músico del metro, quien le dio la oportunidad de unirse a su grupo. Al paso de los días era tanto el talento del colombiano que Angel lo presentó a sus amigos artistas del barrio Saint Michel. Allá lo acercaron con un hombre al que llamaban Azúcar quien le dio un lugar en la banda Mambomanía. Fueron meses de tocar en bares underground de la ciudad y de vivir en el metro. La vida es justa y nada es casual. Un día arreglando el cuero de su bongó, uno de los músicos de la banda escuchó al colombiano cantando El Ratón, de Cheo Feliciano. De inmediato quedó impresionado y le dijo: “Pato, pero tú qué haces tocando el bongó; ¡Tú tienes es que cantar!”. La banda lo probó y Yuri se tomó el micrófono para siempre.

 

Tuvieron que pasar cuatro años para que en una lacónica carta Yuri por fin se comunicara con sus padres. Allí les contaba que se había retirado de la Universidad, que había hecho percusión en los metros pero que ahora tenía un cuarto pequeño en alquiler donde vivir y que lo suyo era cantar. Su papá y su mamá descansaron cuando tuvieron noticias del ausente. De modo que iniciaron un cruce de cartas donde se contaban la vida. En ese cuarto de dos por dos, fue donde se le atravesó la canción que lo haría tan famoso. Una madrugada Yuri llegó cansado y prendió un televisor a blanco y negro que había recogido en la calle, entonces se encontró con un hombre delgado, de dientes inmensos y encharcado en sudor quien entonaba una letra que repetía y repetía el estribillo Ne Me Quitte Pas. Era el mismísimo Jacques Brel, a quien le faltó llorar en aquella presentación. Esta letra nunca se iría de la mente del colombiano.

Sabiendose cantante, pero cansado de que la suerte no le llegara, a mediados de los años noventa Yuri regresó a Colombia con tres propósitos: Grabar su propio disco de salsa y chulear aquella vaina de ser cantante; regresar a Buenaventura para comprar un taxi con que vivir; y, finalmente, dedicarse a escuchar música el resto de su vida. El disco lo grabó en Cali con un plus, le dio por hacer su propia versión en salsa de Ne Me Quitte Pas. Aquel disco se llamaría “Herencia Africana”. Aunque Yuri tenía un problema, no contaba con el dinero suficiente para que le imprimieran la producción en serie. Como en el caso de García Márquez, quien envió por partes Cien años de soledad, Yuri le pidió al dueño de la disquera Paranoa Films de Cali, que le entregara por lo menos un acetato para enviarlo a un amigo suyo de la emisora Nova de París, con el propósito de ponerlo a sonar a ver cuál canción pegaba y así poder conseguir el dinero para la impresión de al menos cien ejemplares.

Cuenta Jaques Sanjuan, Editor de Universal Music, que un día iba en un taxi cuando escuchó en la emisora Nova la versión de Ne Me Quitte Pas hecha por un latino y tuvo una epifanía: esa canción sería todo un éxito. Contactó a los de la emisora y le dieron los datos de Yuri en Colombia. El colombiano recibió la llamada del hombre y entre incrédulo y confundido llegaron a un trato: Jaques le mandaría la plata del tiquete a París, pero solo de ida, para firmar los derechos del disco. Yuri quien había jurado no volver nunca jamás a ese país, se embarcó de nuevo en esa odisea. Llegado el día, se reunieron en un restaurante y el viejo Jaques le preguntó a Yuri si sabía lo que había hecho. El colombiano no entendía la pregunta, de tal suerte que Jaques le hizo caer en cuenta que el haber hecho un cover de Ne Me Quitte Pass lo podía hacer el cantante más querido u odiado de París, teniendo en cuenta que esa pieza musical era un patrimonio para los franceses.

 

Quedaron en que al lunes siguiente firmarían el contrato. Pero no faltó el vivo. El dueño del restaurante con sus oídos puestos en aquella conversación salió corriendo y le trajo tres papeles a Yuri para que los firmara con la excusa de que en la disquera se podrían aprovechar de él. Esas firmas fueron fatales. Yuri no solo le dio el 100 por ciento de los derechos del álbum al desconocido, sino el 150.

Cuando llegaron a la reunión en Universal Music, el chico de Buenaventura se enteró que había cometido el peor error de su vida. Mientras tanto el restaurantero le dijo que si quería de regreso los derechos le debía pagar 80 mil dólares. Yuri se quería volver a tirar al Río Sena pero esta vez amarrado de un yunque. Entonces, fue en otro restaurante donde el cielo se abrió. Mientras Yuri le contaba la historia a uno de sus viejos amigos, al lado suyo estaba otro colombiano escuchando el enredo. Se trataba de Ricardo Alarcón quien para la época era el presidente de Caracol Radio. Alarcón le salió al paso y le dijo que lo ayudaría. Así liberaron los derechos de un disco que no solo vendió 100 copias sino más de un millón.

Yuri Buenaventura pasó de tocar un bongó en las estaciones del metro de París a presentarse en los mejores sitios de Europa y hasta cantarle en su casa a la actriz Brigitte Bardot. Yuri nunca dejó su Buenaventura. Cada vez vuelve más para adentrarse en los manglares a recoger las historias de los pescadores artesanales y convertirlas en bellas canciones. Tampoco se ha olvidado de sus amigos, esos que creían que Ne Me Quitte Pas, traducía No me quite el pan. Con cinco discos de oro y reconocido como caballero de las artes y las letras, por el Gobierno Francés, Yuri Buenaventura por primera vez hará una gira en su propia tierra. En escena tal vez le demostrará a su público que pasó del desespero del suicidio a las mieles del éxito.

 

 

Fuente: W Radio – Pacho Escobar