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Activistas convierten un hotel de Mineápolis en refugio sin policía para los sintecho, pero se ven obligados a cerrarlo menos de 2 semanas después

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Activistas convierten un hotel de Mineápolis en refugio sin policía para los sintecho, pero se ven obligados a cerrarlo menos de 2 semanas después

Unos 400 residentes aparecieron en cuestión de días en el Sheraton, donde los voluntarios les brindaron medicamentos, comida y habitaciones gratis.

Durante las protestas contra el racismo y la brutalidad policial, que afectaron a diversas ciudades de EE.UU., numerosos manifestantes expresaron su iniciativa para disolver los departamentos de Policía. Algunos activistas trataron de realizarla y crearon la denominada ‘zona autónoma‘ en Seattle, que estuvo libre de la presencia de uniformados, pero esta no fue la única ciudad donde la idea encontró apoyo.

Un grupo de activistas convirtió un hotel en Mineápolis —urbe en la que murió el afroamericano George Floyd a manos de la Policía y que luego se convirtió en foco de protestas— en un refugio para personas sin hogar, también libre de policía. Sin embargo, poco después los activistas tuvieron que cerrarlo. Harper’s Magazine relató en un reciente artículo, cómo se creó el refugio y cómo llegó a su fin.

400 residentes en cuestión de días

George Floyd murió a manos de un policía el 25 de mayo y al día siguiente en Mineápolis empezaron protestas por el suceso, que continúan hasta hoy y que en varias ocasiones desembocaron en disturbios, provocando el toque de queda y el despliegue de la Guardia Nacional.

A medida que las manifestaciones se hacían más violentas, las autoridades decidieron que encontrarse en los campamentos, que fueron creados para que los sintecho no se contagiaran con coronavirus en los refugios abarrotados, era peligroso y por eso los prohibieron. De esta manera, numerosas personas quedaron sin refugio alguno.

El 29 de mayo, la enfermera Rosemary Fister y el activista Zach Johnson pagaron 140 dólares y alquilaron una habitación para una pareja sin hogar en el hotel Sheraton, que trabajaba a la mitad de su capacidad y cuyos ingresos disminuyeron significativamente por la falta de clientes.

Al día siguiente, el dueño, Jay Patel, decidió desalojar el edificio, porque los disturbios hicieron peligrosa la estancia allí y la compañía de seguros rechazó prestar sus servicios en caso de que alguien permaneciera dentro. En esta situación, Fister y Johnson le propusieron a Patel alquilar las habitaciones en el hotel para albergar allí a personas sin techo y protegerlo de los alborotadores, y el hombre aceptó la oferta. En cuestión de días, unos 400 residentes aparecieron en el Sheraton y 150 voluntarios querían servir en sus dependencias.

Orden en el refugio

Los voluntarios convirtieron el bar del hotel en una cantina con comida gratis, mientras que el personal médico repartió artículos de primera necesidad, junto con preservativos y agujas nuevas.

Los creadores abogaron por la participación de todos los residentes en las discusiones sobre las reglas en el recinto. Al mismo tiempo, activistas empezaron una campaña de recaudación de fondos en el portal GoFundMe y obtuvieron más de 30.000 dólares durante prácticamente una sola noche. Cuando se difundió la noticia sobre el refugio en el Sheraton, recibieron tantas donaciones de cosas necesarias, que se vieron obligados a dejar de aceptarlas.

En las paredes del hotel aparecieron carteles que apoyaron los movimientos de derechos de las personas afroamericanas y exigieron justicia en el caso de Floyd. Asimismo, los organizadores consideraron que se podía evitar la violencia sin las fuerzas del orden, por lo que el edificio se convirtió en un lugar libre de policía. “No tuvimos muchas oportunidades, de hecho, para probar las cosas fuera del modelo policial. Estamos en un momento donde las cosas que fueron completamente imposibles de conceptualizar hace 3 meses, 6 meses, están bien abiertas y en la mesa”, afirmó la activista Rachel Bean.

Harper’s Magazine señala que, menos de una semana después de la aparición del refugio, sus creadores, que ya no podían contar a todos los residentes del lugar, “empezaron a entrar en pánico“. Entonces, en el primer piso del edificio fueron encontradas balas, aparecieron rumores sobre casos de tráfico y agresión sexual y vendedores de drogas armados intimidaron a otras personas. Al ver esto, algunos voluntarios decidieron abandonar el lugar.

En ese contexto, Bean afirmó que el refugio solo mostró lo que sus residentes habían hecho antes, pero ocultándose. Por su parte, Michael Goze, director ejecutivo de una empresa que proporciona alojamiento principalmente a los indígenas americanos, dijo que el ambiente en el refugio provocó que más personas se hicieran adictas o mantuvieran un estilo de vida peligroso.  

El cierre

El 7 de junio, las reglas en el Sheraton fueron endurecidas. Así, los activistas prohibieron dormir en el vestíbulo a las personas para las que no encontraron habitaciones libres, empezaron a cerrar la puerta principal para la noche y aumentaron el número de guardias.

El 8 de junio, se produjo una pelea en el aparcamiento del hotel, pero los guardias se negaron a intervenir o llamar a la Policía. Al día siguiente, un incendio empezó en el hotel y se registró la primera muerte: 4 personas tuvieron una sobredosis y una de ellas falleció.

También el 9 de junio, el dueño del hotel demandó que le pagaran 100.000 dólares, mientras que los activistas presuntamente le habían prometido una suma mucho menor. Patel llamó a la Policía para que desalojara a todos los residentes, pero los uniformados se negaron a actuar, argumentando que una moratoria sobre los desalojos fue establecida durante la pandemia.

El mismo día los activistas anunciaron el cierre del hotel, tras lo cual multitudes abandonaron el edificio, sacando sus bienes en sillas de ruedas, carritos de compra y bolsas de basura. Cuando el hotel se quedó vacío, se hizo evidente el daño —incluso ventanas y puertas de habitaciones rotas— que sufrió no solo durante la estancia de las personas sin techo, sino después de que salieran.

Tras la conclusión del experimento, una de sus organizadores, Rachel Bean, aseveró que no lo consideró “un fracaso”. “Hubo cosas que intentamos y cosas que no funcionaron y cosas que funcionaron, pero en diez días usted no va a recibir una versión perfecta, magnífica de lo que la abolición [de la Policía] puede ser”, dijo.



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