14 reconocimientos para la cultura afro en los premios Benkos Biohó 2018

Foto: IDPAC. / El tiempo

Mujeres y hombres que trabajan por el fortalecimiento de la población afro en Bogotá fueron reconocidos gracias a los Premios Benkos Biohó 2018, organizados por el Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal (IDPAC). Estos premios buscan resaltar los esfuerzos de personas y organizaciones en temas como la cultura, el deporte, la etnoeducación y la reconstrucción de paz.

Antonio Hernández, Director del IDPAC, destacó este como un espacio para valorar “las historias de lucha, resistencia y transformación, que cuentan lo que ha venido pasando en las regiones y su impacto en Bogotá”.

Fueron 14 galardones entregados a quienes han dedicado sus vidas al empoderamiento de la población afrodescendiente entre sonrisas, cantos ancestrales, poesías y muestras de danza.Estas son algunas de las historias de estas personas que han contribuido a mejorar el entorno de quienes llegan a la capital en busca de un mejor futuro.

Kandombeo: el arte de dominar el cuerpo

En la categoría de aporte cultural, este músico, bailarín y coreógrafo de 55 años fundó en Bosa el proyecto Kandombeo para niños desde los 6 años. Allí, Arturo les transmite todo el conocimiento ancestral del pacífico colombiano, creando un espacio para aprender a tocar instrumentos tradicionales de esta región.

Desde Barbacoas, Nariño, lu lugar de nacimiento, este hombre supo desde muy pequeño que su camino era el arte y decidió “ni corto ni perezoso” venirse a la capital a estudiar en la Universidad Antonio Nariño. Eso ya hace 28 años.

“Yo quería profundizar en mis conocimientos de la educación física y artística. Desafortunadamente, en Barbacoas no existen esos espacios. Mis padres y hermanos me apoyaron cuando tomé la decisión”, cuenta entre risas, afirmando que se adaptó fácil al clima frío, todo por continuar con su sueño de estar donde está hoy.

El próximo 9 de junio, en la Media Torta de 9 a 11 y media de la mañana, su grupo tendrá una presentación a la que espera lleguen personas de todos los sectores a aprender “qué significa ser afrodescendiente”.

‘Nuestro cabello tiene historia’

“Somos un mundo”, dice Malle Beleño, una de las 10 coordinadoras del colectivo de mujeres negras colombianas ‘Chontudas’. “Buscamos compartir entre nosotras conocimientos ancestrales sobre peinados, productos y accesorios para nuestros cabellos. Cabellos que tienen historia”.

Chontudas fueron galardonadas en la categoría de mujeres emprendedoras gracias a su aporte en la industria capilar colombiana. Hace unos años, Malle encontró que no existía una sola marca colombiana de mujeres que ofrecieran productos naturales para los cabellos afro.

“Hoy ya tenemos más de seis marcas en el mercado, con ingredientes como el Sacha Inchi, un maní de tradición inca. Colombia es el primer productor de este producto a nivel mundial y que está empezando a tener una gran demanda”, cuenta.

69 años de lucha por la comunidad afrodescendiente

“Yo nací en Guacarí, Valle del Cauca, el 21 de febrero de 1949”, cuenta Elsa Molina de Vallecilla, una mujer que desde los 25 años llegó a Bogotá a trabajar como auxiliar de enfermería en varios hospitales y que divide su tiempo entre su familia y trabajo social por la población afrodescendiente.

“Tenía tanto que decir, que no dije nada cuando me entregaron el premio”, dice entre risas, recordando la felicidad que sintió cuando recibió el galardón en la categoría de toda una vida en el proceso afro, que reconoce sus múltiples trabajos como consejera, delegada y líder comunal de la localidad de Tunjuelito.

Por ahora, esta adulta mayor quiere seguir los pasos de su madre, quien la metió desde pequeña en el mundo del trabajo social, trabajando como concejal de su municipio y resaltando el valor de la comunidad negra en el país.

Un espacio para sanar las heridas del conflicto

Beatriz Acevedo fue víctima del desplazamiento forzado en dos ocasiones por ejercer activismo social: impedir el reclutamiento de jóvenes y por denunciar la violación de los derechos de las mujeres. La primera vez, en Vigía del Fuerte, un municipio entre Antioquia y Chocó, al lado del río Atrato, su lugar de nacimiento. La segunda, en Barbacoas, Nariño.

“El Pacífico era, como su nombre, un lugar de tierras pacíficas, pero a partir de 1985 se volvió territorio de conflicto por los recursos naturales y el dominio de canales clave para el tránsito drogas ilíciltas”, cuenta.

Beatriz ha tenido que sufrir, además, el asesinato de su hermano, el padre de su hijo y una de sus compañeras activistas. Por eso, junto con otras madres conformó la asociación de mujeres afro desplazadas, Asomaderes, para ofrecer un espacio de apoyo para víctimas del conflicto.

“Estamos en San Cristobal, Bosa, Usme, Ciudad Bolívar. A nivel nacional, en Quibdó, Turbo, Tumaco, Río Sucio. Realizamos procesos de sanación para sacar el dolor y liberarnos. Así, llegamos al proceso de perdón”, dice Beatriz, quien recibió el galardón por fortalecer el tejido social y la paz.

La potencia de Tumaco en el fútbol nacional

La pasión por el fútbol, si se vive en algún lado, es en Tumaco, Nariño. “De aquí nacieron jugadores como Willington Ortiz, Carlos ‘La Gambeta’ Estrada, Leyder Preciado, Plablo Armero. Siempre en las selecciones Colombia hay un tumaqueño. De eso no le quepa la duda”, dice Rubén Darío Cifuentes un abogado empeñado en un proyecto para promocionar este deporte.

‘Balas por bolas’ es la campaña que lo llevó a ser reconocido en los premios Benkos Biohó. Por ahora, su labor está concentrada en incluir cada vez más, a profesionales en el proyecto, para recoger implementos e insumos y, “por qué no, crear escuelitas para mis ‘pelaos'”, dice.

Chavely Yoruba logró transformar la realidad de comunidades vulnerables a través de la medicina ancestral y la música tradicional. “Lo que más quiero, ahora, es tener una sede donde llevar a mis muchachos, no parar nunca de ayudarlos. Esto vale la pena, sus futuros valen la pena”, dice.

Los tambores de Chavely Yoruba

Chavely no discrimina edad, orientación sexual, color de piel ni credo para ayudar. Es la matrona más joven del Distrito, a sus 33 años. Desde los 6 años toca la tambora, las gaitas, las maracas y la conga. Su sueño: que a los niños no les falte la música y el arte en sus vidas.

FUENTE: CAROLINA PAVA GARCÍA / EL TIEMPO