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lunes, agosto 3, 2020

Análisis de la psicóloga Haidy Sánchez Mattsson – Partidos Políticos – Política

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En las últimas semanas, he estado reflexionando a cerca de la situación tan delicada de salud, sobre la plaga de la corrupción y sobre la pobreza que vive el Chocó. He pensado en la decepcionante gestión que algunos líderes políticos del departamento han tenido, a pesar de gozar del lujo de estar o de haber estado largos periodos en el poder. Temas para nada nuevos, pero que por esa razón no dejan de causarnos mucho dolor a la gran mayoría de los chocoanos.

La compleja emergencia sanitaria ocasionada por el Covid-19 ha puesto aún más al descubierto una cruel y desoladora realidad tejida en una telaraña de corrupción, que poco a poco y durante décadas nos ha llevado a un atraso desmedido, inaceptable, e inmerecido.

Como hemos visto, el Chocó también ha estado en el ojo del huracán. Se han sacado columnas, artículos, entrevistas y hasta especiales, con gran “impacto mediático”, donde periodistas que, desde sus cómodos lugares de trabajo ubicados en otras ciudades del país, sin nunca haber puesto un pie en esta tierra y a duras penas haber compartido con alguna persona de la región, y sin tener un contexto aterrizado de la problemática; con titulares exorbitantes, estrambóticos y alarmistas logran capturar la opinión pública a nivel nacional.

Generalizan y estigmatizan toda una población, que ya de por sí está estigmatizada y que no goza de muchos referentes positivos en algunos sectores de la ciudadanía colombiana, pero que entre otras cosas está hastiada y al tope de tanta corrupción.

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Son periodistas que no miden las consecuencias de lo que crean para el resto de la población, sino que por sus propios intereses de ganar, probablemente, unos cuantos seguidores en Twitter, en Facebook, subir el rating de sus canales o consolidarse ante la opinión, se sienten con derecho moral para ser los que “sí dicen la verdad “y los que “contribuyen al desarrollo” de esta región. Sin duda alguna, lo que sí ayuda realmente al departamento es el análisis de fondo, sustentado, objetivo, ético y no sesgado de la situación; no el “show mediático”.

El Chocó, con 544.764 habitantes según el censo del DANE (2018), está pasando por la mayor crisis de los últimos tiempos. Es uno de los departamentos con menor cobertura de servicios públicos de alcantarillado, energía eléctrica y acueducto.

Con un sistema de salud en el que los dos hospitales de la capital del departamento están colapsados, arruinados y saqueados. Y ni qué decir de la educación con escasos recursos y, aún en pleno siglo XXI, con un alto porcentaje de analfabetismo, sobre todo en la zona rural.

Pero lo paradójico aquí es que a pesar de que el departamento tiene una ubicación geográfica estratégica, que lo hace poseedor de abundantes recursos hidrológicos para generar energía, excelentes condiciones para un canal interoceánico, reservas forestales, pesqueras y demás, es a la vez uno de los departamentos más pobres y atrasados de Colombia.

Si bien es cierto que existen brechas en los sectores mencionados, amerita mencionar que la brecha de los valores y el liderazgo transparente también existen y están lejos de estrecharse; es más, se abre cada día más y descaradamente.

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Haidy Sánchez Mattsson, psicóloga e investigadora chocoana, residente en Suecia.

La gran mayoría de la clase dirigente ha perdido su afán y capacidad de liderazgo. Muchos de estos líderes solo piensan en salir de su pobreza, sin tener en cuenta las necesidades de sus conciudadanos; se preocupan, en gran medida, por la rapiña burocrática y el control presupuestal.

Un fenómeno bien recurrente en el Chocó es que los recursos para las inversiones del Gobierno para producción e infraestructura se desvían. Los dineros de regalías desaparecen y las personas más necesitadas y vulneradas, a las que este dinero debe beneficiar, siguen en la pobreza.

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Lo que subyace es una pequeña pero poderosa clase, la de los ‘embilletados’ o los ‘platudos’. Una clase que se infla, en gran parte, con plata del erario público. Estos ‘embilletados’, acostumbran a dar aportes económicos o a hacer préstamos a algunas personas que aspiran a llegar a curules a nivel regional y/o nacional, pero una vez ganan las elecciones quedan comprometidos con los poderosos, esos que financieramente los llevaron al poder y en la cabeza de estos personajes, de las dinastías políticas y de una elite local, está en gran parte el saqueo desvergonzado y sin compasión del Chocó.

Un saqueo y un atraso que muchos vemos, del que muchos nos quejamos, del que podemos dar testimonio. Somos generaciones enteras que salimos del Chocó de niños o adolescentes, regresamos de adultos y encontramos las mismas estructuras de poder. Obviamente, con pequeñas rotaciones al interior de estas redes familiares y/o políticas, pero básicamente toda la estructura sigue intacta.

Desde antes de la emergencia sanitaria ocasionada por el Covid-19, me he venido preguntando ¿En qué consiste la debilidad del sistema del Chocó? ¿Por qué en vez de desarrollarse a la medida de otros departamentos, el desarrollo del Chocó va a pasos de tortuga?

Sin haber encontrado respuestas contundentes, me he puesto a pensar: ¿será que lo que debemos hacer los que nos indignamos con estas pésimas gestiones de los líderes y por el lento desarrollo es dejar de pensar que la causa de estos problemas se debe a que el Gobierno no invierte en nuestra región?, ¿a que nos tienen olvidados?, ¿será que es más constructivo pensar en qué tan efectiva es la asignación y distribución de los recursos en el Chocó?

Porque si bien es cierto, en las grandes inversiones de los temas de infraestructura, temas de vías, aeropuertos, las salidas al mar, solo por mencionar algunos ejemplos, se requieren inversiones importantes a nivel del Gobierno nacional; también es cierto que muchas veces estas no llegan porque no hay peso político para que lleguen.

A esta situación la acompaña, por supuesto, un abandono, una situación donde el Estado no hace presencia de manera clara en el Chocó. Pero tampoco podemos aferrarnos a la idea de que todas las soluciones a las necesidades básicas obedecen a recursos estrictamente de la nación porque así no es; las soluciones también se deben solventar con recursos departamentales y municipales. No todo es responsabilidad del Gobierno nacional. Las responsabilidades son compartidas.

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Considero importante resaltar que esta profunda situación de crisis en el Chocó no se trata exclusivamente de falta de recursos, sino más bien del uso adecuado y eficaz de los mismos, así como de la carencia de control territorial para que esos recursos se inviertan bien.

La realidad de la corrupción del departamento se segmenta cuando existe una falta de interés de las elites políticas locales por resolver estos temas y cuando los grupos que subvencionan a estos políticos saben que los entes de control territorial, que son los encargados de los seguimientos rigurosos, son débiles.

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La solución a los problemas de las inequidades que se tienen en el chocó, contradictoriamente, perpetúa también la corrupción. Porque si las necesidades básicas estuvieran resueltas, probablemente tendríamos menos focos de corrupción; se sabe muy bien que es allí, en esas necesidades básicas, donde está la “minita de oro”, para los personajes con malas mañas, para los ‘manilargos’.

Efectivamente, hay una conexión entre la corrupción municipal, departamental y nacional a través de la lógica del relacionamiento de cómo algunos políticos a nivel nacional bajan los recursos para los proyectos, se los ofrecen a los departamentos y municipios y finalmente las obras no se dan, no se ven, se pierden. Eso quiere decir que es supremamente importante una gran apuesta por evaluar la efectividad de la inversión pública y encontrar la línea de responsables, porque sobra la redundancia, pero ¡los recursos que se invierten en el chocó no llegan a donde tienen que llegar!

Finalmente, hay que decirlo: si nosotros los chocoanos nos quejamos de la corrupción y el atraso del departamento y no hacemos nada para que haya un cambio, tampoco tenemos derecho a quejarnos o venirnos a ofender cuando aparecemos en la palestra pública, o cuando una que otra persona valiente y con coraje denuncie estas irregularidades, porque sabemos que todos estos escándalos de corrupción dan pie para que a todos los chocoanos nos cataloguen injustamente como corruptos, nos estigmaticen y nos tengan desconfianza.

Si nosotros mismos no tratamos de romper ese círculo vicioso de corrupción y mal manejo, somos igual de culpables que los que nos saquean. Tenemos que visibilizar esta problemática, tenemos que sacar pecho y regionalismo constructivo, tenemos que rechazar la corrupción y no cubrir a estas personas que atrasan nuestro departamento y que contribuyen a que nos echen a todos en el mismo saco, a que nos estigmaticen.

Y es ahora cuando, más que nunca, amerita volver un himno el famoso pregón: “el pueblo se respeta, carajo”, “el pueblo no se engaña, carajo”.

Haidy Sánchez Mattsson@sanchez_haidy



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