Buenaventura en Linea
Un día en Juan XXIII
Foto E Tiempo

Buenaventura, nada pacífica

El puerto marítimo más importante del país está en el pacífico colombiano, pero irónicamente nada tiene de pacífico, y menos hace alusión a su nombre de Buenaventura (buena suerte).

Parece ser mas bien una ciudad olvidada por el estado y Dios.

La situación del puerto de Buenaventura, en materia de violación de Derechos Humanos e impunidad, puede ser la más grave de Colombia y fácilmente estar entre las principales de la región.

Una ciudad con cerca de 400.000 habitantes en donde el 88% son afrocolombianos, según el Dane el 66% de su gente vive en condiciones de pobreza y cerca del 35% tiene sus necesidades básicas insatisfechas, es decir, no cuentan con agua potable, alcantarillado, energía o gas.

La tierra del jibarito, como lo dice el grupo Niche en una de sus canciones, es una ciudad con muchas aristas, las cuales van desde el abandono del estado colombiano, que solo es visitada por candidatos presidenciales que van a llenarla de ilusiones; la falta de sensatez de sus ciudadanos que han elegido alcaldes malos; la ausencia de liderazgo; la permisividad de las autoridades con los grupos insurgentes y la corrupción convergen en un mismo punto que se llama pobreza.

Es insólito que la ciudad por donde entra y sale la mayoría de las importaciones y exportaciones del país, tenga tantas necesidades.

Literalmente es como contar plata delante de los pobres.

Me temo que le crisis del puerto “donde se aspira siempre la brisa pura”, como lo dice Herencia de Timbiquí en su canción, en algún momento va explotar y dejará de ser un problema de los niches, y se trasladará a todo el país como un tsunami.

Hace días escuché en un medio radial a un líder del puerto, diciendo que pensaban tomarse las vías de hecho y que cerrarían el puente del Piñal, paso obligado para los tractocamiones, pues al parecer ya se están cansando de ver cómo por sus narices pasa el desarrollo y plata del país mientras ellos aguantan hambre y entierran a sus hermanos.

El puerto marítimo más importante del país está en el pacífico colombiano, pero irónicamente nada tiene de pacífico, y menos hace alusión a su nombre de Buenaventura (buena suerte).

Parece ser mas bien una ciudad olvidada por el estado y Dios.

La situación del puerto de Buenaventura, en materia de violación de Derechos Humanos e impunidad, puede ser la más grave de Colombia y fácilmente estar entre las principales de la región.

Una ciudad con cerca de 400.000 habitantes en donde el 88% son afrocolombianos, según el Dane el 66% de su gente vive en condiciones de pobreza y cerca del 35% tiene sus necesidades básicas insatisfechas, es decir, no cuentan con agua potable, alcantarillado, energía o gas.

La tierra del jibarito, como lo dice el grupo Niche en una de sus canciones, es una ciudad con muchas aristas, las cuales van desde el abandono del estado colombiano, que solo es visitada por candidatos presidenciales que van a llenarla de ilusiones; la falta de sensatez de sus ciudadanos que han elegido alcaldes malos; la ausencia de liderazgo; la permisividad de las autoridades con los grupos insurgentes y la corrupción convergen en un mismo punto que se llama pobreza.

Es insólito que la ciudad por donde entra y sale la mayoría de las importaciones y exportaciones del país, tenga tantas necesidades.

Literalmente es como contar plata delante de los pobres.

Me temo que le crisis del puerto “donde se aspira siempre la brisa pura”, como lo dice Herencia de Timbiquí en su canción, en algún momento va explotar y dejará de ser un problema de los niches, y se trasladará a todo el país como un tsunami.

Hace días escuché en un medio radial a un líder del puerto, diciendo que pensaban tomarse las vías de hecho y que cerrarían el puente del Piñal, paso obligado para los tractocamiones, pues al parecer ya se están cansando de ver cómo por sus narices pasa el desarrollo y plata del país mientras ellos aguantan hambre y entierran a sus hermanos.

Ya es hora que las olas del mar de Tura le moje los pies, por no decir pelotas a quienes administran el país y les salden esa deuda social histórica con la tierra donde se produce el arrechón.

El Tabloide – Fran Agudelo Areiza

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