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Construimos una realidad: pobres y ricos | Finanzas | Economía

Pymes

Todos conocemos el dilema del padre sobre protector, que intentando proteger a su hijo del mundo, termina aislándolo de la realidad, configurando un nuevo ser humano incapaz de enfrentar su propia realidad, al final de cuentas, construyendo una persona increíblemente vulnerable a los peligros del entorno. Lo cierto es que en el marco de una convicción loable, este padre termina materializando un resultado totalmente adverso.


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Algo parecido sucede en Colombia con la pobreza y la desigualdad, es indudable que como sociedad estamos genuinamente preocupados por estos problemas, sin embargo, a lo largo de los años, hemos venido tomando decisiones que antes que corregirlos los han convertido en condiciones enquistadas en nuestra realidad.

Concebimos un contexto en que el existir para los hogares resulta completamente diferencial, semejante situación no es un resultado indefectible del entorno, sino más bien, se trata de una condición de la realidad que hemos construido con el propósito de intentar reducir las marcadas diferencias entre los colombianos.

Bajo esta lógica, existir para un hogar es por definición discriminador, conforme las personas van subiendo de estrato, la dotación de bienes y servicios públicos mejora de forma muy importante, así mismo los costos que un hogar debe pagar para tener acceso a tales posibilidades es muy superior.

Por lo tanto, dichos costos hacen que los hogares que podrían vivir en zonas mejores, superiormente dotadas, en el marco de opciones más satisfactorias, no puedan acceder a semejantes condiciones debido esencialmente a que necesitarían ingresos muy superiores para lograrlo.

Por otro lado, recurrentes reformas tributarias aprobadas a lo largo de los años, concebidas con el propósito de reducir la desigualdad y generar recursos para desarrollar programas, que permitan contrarrestar la pobreza, han sido increíblemente agresivas con las micro, pequeñas y las medianas empresas, que son las que realmente le dan empleo a la mayoría de la población.

(Vea:Iniciativas sociales perciben una relación ‘regular’ con el Gobierno). 

Las personas comunes no trabajan en multinacionales o grandes conglomerados, trabajan en restaurantes, pequeñas fábricas de ropa, droguerías, empresas modestas de vigilancia, entre otros, como empleados o pequeños emprendedores, no obstante, hemos venido haciendo cada vez más costoso y difícil existir para estas organizaciones.

Crecer para emprendimientos de dichas características, supone costos que como negocio informal no era necesario asumir, lo cierto es que, considerando el nivel de ingresos de sus clientes, la disponibilidad a pagar por sus productos es la misma, no obstante, los costos se multiplican conforme escalan el tamaño de su operación. 

Pymes.

Debido a esto muchas empresas se mantienen en un tamaño subóptimo o terminan generando márgenes pequeños para el empresario, que le impiden pagarle bien a sus empleados o que lo llevan a tomar la decisión de liquidar la empresa para migrar a inversiones que supongan obtener el mismo rendimiento con menor esfuerzo.

Entonces, por un lado, hemos construido una realidad que hace cada vez más costoso mejorar la calidad de vida de las personas de menores ingresos y riqueza y por el otro, pone todo tipo de talanqueras para mejorar en ingresos, cargándole cada vez más obligaciones a las pequeñas empresas que tienen potencial para generar empleos de calidad.

Sin embargo, ahí no termina el problema, toda esta estructura diferencial que hemos construido a lo largo del tiempo, hace que sea muy costoso ofrecer servicios esenciales para mejorar ingresos como por ejemplo una buena educación.

(Vea: Pymes tendrían barreras para lograr financiamiento). 

Una universidad de calidad, necesita personas capaces, tecnología, instalaciones, que debido a esta estructura diferencial terminan siendo costosas, por lo tanto, el precio de sus servicios se vuelve tan alto, que solamente una pequeña proporción de hogares puede procurárselos. A este efecto la economía le llama distorsión, al final de cuentas, debido a estos costos que se incrementan de acuerdo con el estrato y con el nivel de ingresos para personas jurídicas, el acceso a lo que producen un buen número de organizaciones se vuelve restringido para una parte importante de la población, por lo tanto, no solo terminan estancados en empresas pequeñas que no generan margen, en zonas habitables que no tienen las dotaciones necesarias, sino que también terminan limitados a procesos de creación de capital humano que no tienen la calidad suficiente para equipararlos con las poblaciones de mayores ingresos.

En últimas, todo este diseño, lo que hace es frenar la posibilidad de buena parte de la sociedad para mejorar ingresos y riqueza.

En aras de aterrizar todo este planteamiento, pensemos en el caso de doña Blanca, quien para generar ingresos decide montar en su barrio un puesto de empanadas. Ella misma elabora el producto y con lo que vende, genera un ingreso apenas suficiente para cubrir sus costos diarios.

Sabe que con el éxito que tienen sus empanadas, podría vender una cantidad mayor, pero advierte que para hacerlo, necesita pasarse a un local y contar con los servicios de un par de empleados.

No obstante, si lo hace, debido al nivel de compras, ventas y a la necesidad de contratar empleados de manera formal, quedará identificada por la Dirección de Impuestos, viéndose obligada a pagar una serie de costos de los que antes no era responsable. De otra parte, doña Blanca sabe que los clientes que consumen sus empanadas no están dispuestos a pagar más por ellas, por lo que si se mueve a formalizarse lo más seguro es que su margen por empanada se reducirá.

(Vea: Las barreras que enfrentan las pymes para obtener financiación). 

Supongamos en todo caso que lograra hacer lo mencionado, abre el local, contrata los empleados y gracias al incremento del volumen, mejora sus ingresos, esta nueva situación le permite pasarse a vivir a una zona de la ciudad con mejores condiciones de calidad de vida.

Lo que seguramente pasará, es que lo que paga por arrendamiento, servicios, víveres etc., en dicha parte de la ciudad, es ahora mucho mayor y que a pesar del incremento de ingresos tendrá dificultades para cubrir semejantes obligaciones.

La conclusión luego de todas estas apreciaciones, es que doña Blanca preferirá quedarse como está, vendiendo las empanadas en la calle, viviendo en el mismo barrio, con los mismos ingresos, es decir decidirá no hacer nada porque sabe que entre más gane es posible que más difícil le sea existir.

Ese queridos amigos es el sistema que hemos construido durante años con el objetivo de reducir la desigualdad y mejorar las condiciones de pobreza de la mayoría de la población. 

(Vea: Confirming y factoring: las alternativas de financiación de las pymes). 

Armando Ardila 
Socio Fundador Teknidata Consultores /
Profesor de Estrategia

Fuente de la Noticia

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