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Coronavirus: consecuencias en la economía e indicadores sociales – Sectores – Economía

Coronavirus: consecuencias en la economía e indicadores sociales - Sectores - Economía


Pocas veces, o tal vez nunca, la expresión ‘año nuevo, vida nueva’ había tenido una acepción tan desafortunada. Corría el 31 de diciembre pasado cuando la oficina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en China encontró una comunicación suscrita por las autoridades sanitarias de la ciudad de Wuhan, con respecto a un número anormal de casos de neumonía viral en la urbe de más de once millones de habitantes.

Como es usual, y a pesar de que buena parte del planeta estaba adormilado debido a la llegada de 2020, las pesquisas comenzaron rápido. En cuestión de días quedó claro que la emergencia no era de orden menor, sino que apuntaba a ser algo muy grave.

El cinco de enero, la OMS les informó a sus países miembros sobre la aparición de un mal de carácter respiratorio y el diez condujo un par de reuniones de alto nivel al respecto.

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Para ese entonces, la prensa internacional comenzó a publicar historias al respecto que ganaron visibilidad el once, cuando se informó oficialmente sobre el primer deceso. Menos de dos semanas después, las alertas se dispararon todavía más. De un momento para otro se anunciaron restricciones draconianas no solo en Wuhan, sino en la provincia de Hubei con sus sesenta millones de personas, en vísperas de las festividades del Año Nuevo chino.

El aislamiento en Wuhan, China fue impuesto desde el 23 de enero a los 11 millones de habitantes de la capital de la provincia de Hubei.

A pesar del cierre de aeropuertos y estaciones de trenes y autobuses, ya el virus estaba presente en otras latitudes, incluyendo Taiwán, Japón, Tailandia, Corea del Sur y Estados Unidos. Los casos identificados apenas pasaban del medio millar, pero eran suficientes para quitarles el sueño a los epidemiólogos.

No hubo que esperar mucho antes de que la humanidad se diera cuenta de que las predicciones apocalípticas de numerosos expertos se volvieron realidad: una pandemia de carácter universal había llegado. Si bien la declaratoria oficial no tuvo lugar hasta el once de marzo, la amenaza había quedado clara, incluso antes de que el covid-19 (acrónimo de enfermedad por coronavirus 2019) fuera bautizado el once de febrero.

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Salto hacia atrás

La emergencia todavía no termina y el balance parcial impresiona. A la fecha, el número de contagiados pasa de setenta millones de individuos, aunque propios y extraños reconocen que la cifra real puede ser diez veces más grande. En cuanto a decesos, el dato de 1,6 millones también se queda corto, como lo muestran los saltos en las curvas de mortalidad en varios continentes.

Cada vez más gente sabe la causa. Aunque en la gran mayoría de los casos los afectados son asintomáticos, para los demás la norma es un fuerte dolor de cabeza, mezclado con fiebre y tos seca, que puede venir acompañada de la pérdida de los sentidos del gusto y del olfato, además de desórdenes intestinales y una sensación de desánimo. Los más graves sucumben cuando sus pulmones colapsan, no obstante los tratamientos médicos disponibles.

A la fecha, el número de contagiados pasa de setenta millones de individuos

Sin desconocer hallazgos que están en las múltiples investigaciones publicadas, los enigmas abundan. Aparte de las hipótesis, no hay una explicación precisa sobre por qué los más jóvenes son el grupo de menor riesgo o la razón por la cual una persona aparentemente sana se derrumba con rapidez.

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En todo caso, las estadísticas confirman que la letalidad es muy alta entre los pacientes de la tercera edad –para los de más de 80 años supera el 28 por ciento– y que ciertas comorbilidades como obesidad o diabetes reducen las probabilidades de supervivencia. Muchos se han recuperado, pero otros quedan con largas incapacidades que pueden llegar a ser de carácter permanente. Los daños, entonces, apuntan a ser profundos y variados.

Declaran la alerta naranja en Cali

A la fecha, el número de contagiados pasa de 70 millones de individuos en todo el mundo.

Una elevada factura

Y las pérdidas no terminan ahí. En lo que corresponde a la economía, el mundo vive la peor recesión de los últimos 90 años, la misma que deja y dejará profundas secuelas en materia social. Tan solo en América Latina, la pobreza subiría en 45 millones de personas este año, con lo cual volvería a ser la de 2005, mientras que la indigencia retornaría al punto observado en 1990, de acuerdo con la Cepal.

De manera repentina, una nube oscura se posó sobre todos. Sentimientos como ansiedad, depresión, angustia e inseguridad afloraron en naciones ricas y emergentes, con efectos sobre la salud mental –tanto individual como colectiva– que aún están por evaluarse.

Como si eso fuera poco, el aprendizaje de incontables jóvenes se detuvo, afectando el desarrollo de capacidades cognitivas de toda una generación. Cuando a eso se le suma la desocupación, que golpea con particular dureza a las mujeres y los jóvenes, es fácil concluir que en menos de dos semestres tuvo lugar un retroceso generalizado cuyas consecuencias se sentirán durante décadas.

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Mujer en confinamiento

Sentimientos como ansiedad, depresión, angustia e inseguridad afloraron en naciones ricas y emergentes.

Foto:

Vanexa Romero/EL TIEMPO

El rompimiento acabó siendo de tal magnitud que diversos analistas hablan de otra era, identificada con los conocidos a. c. y d. c.: antes y después del covid. A sabiendas de que muchas cosas volverán a ser como eran cuando esta pesadilla quede atrás, resulta indiscutible que 2020 entró en los anales de la historia, pues significa un rompimiento y, al mismo tiempo, un acelerador de tendencias.

Por tal motivo, esta enfermedad de origen zoonótico –presente en un animal que podría haber sido un murciélago o un pangolín– bien puede ser descrita como el personaje del año, sin importar que no tenga cara. De hecho, en tercera dimensión se asemeja a una mina submarina, así su nombre genérico venga de la época en que en los microscopios aparecía como si tuviera una corona alrededor del núcleo.

No es la primera vez que una pandemia asola a la humanidad. En numerosas ocasiones, poblaciones enteras han sido víctimas de una enfermedad que deja una estela de desolación y muerte, como la plaga de Galeno en tiempos del Imperio romano o la peste negra que se ensañó con Europa desde finales del Medioevo.
Hace un siglo, sin ir más lejos, la gripa española entregó un saldo de fallecidos más grande que el de la Primera Guerra Mundial.

El actual coronavirus se caracteriza por una letalidad relativamente baja, pues sería cercana a 0,25 por ciento, que no está muy lejos de los brotes de influenza que aparecen periódicamente en los climas más fríos.

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Es imposible pasar por alto que la nación más populosa de la Tierra contabilice hoy en día menos de 90.000 contagios

Aun así, ese análisis posiblemente sea injusto, pues no tiene en cuenta las estrategias utilizadas para contener los contagios. Estas se concentraron en cuarentenas estrictas que llegaron a cobijar a tres cuartas partes de los habitantes del planeta, fuera del uso masivo del tapabocas en lugares tan disímiles como Kuala Lumpur, Estambul, Ciudad del Cabo o Lima. Porque si hay algo que hace única a esta pandemia es que es la primera global, la primera de la que no pudo escapar prácticamente ningún país del planeta.

Es muy factible que la respuesta habría sido otra en un mundo menos globalizado, el mismo que registró la aparición de casos confirmados en casi la totalidad de los países con inusitada rapidez. Para finales de marzo, tan solo un puñado de lugares no habían reportado positivos.

La reacción estuvo también condicionada por la respuesta de China, que consiguió cercar el virus y prácticamente eliminarlo, a punta de fuertes controles y un seguimiento estricto. Es imposible pasar por alto que la nación más populosa de la Tierra contabilice hoy en día menos de 90.000 contagios, lo que la ubica por debajo de Baréin –que alberga a millón y medio de personas– en las clasificaciones globales.

Solo unos pocos Estados pueden hablar de un éxito similar, y la mayoría son islas: Taiwán, Nueva Zelanda o Australia optaron por la supresión y lograron salir adelante. Para los demás, el tránsito resultó ser mucho más complejo, aunque resulte evidente que unos lo han hecho mejor que otros.

Colombia, que tampoco ha salido indemne, puede hablar de luces y sombras. Junto con su capacidad de ampliar la infraestructura hospitalaria, ha pagado un alto precio en términos de decesos y deterioro de indicadores sociales.

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Rebrote en Pekín

La reacción estuvo también condicionada por la respuesta de China, que consiguió cercar el virus y prácticamente eliminarlo, a punta de fuertes controles y un seguimiento estricto.

Los otros costos

Y es que los confinamientos se tradujeron en una parálisis económica que actuó como una tenaza, pues primero se desplomó la oferta de bienes y servicios, seguida por la demanda. Ante la perspectiva de saltos inéditos y repentinos en el desempleo, la respuesta generalizada consistió en un aumento sin precedentes en el gasto público, orientado a salvar empresas y entregarles dinero a las familias.

Gracias a esa estrategia se evitó una verdadera debacle, así para mañana quede el interrogante sobre cómo se van a pagar las nuevas deudas y la manera como se van a disminuir los déficits fiscales. A este respecto, los bancos centrales se preocuparon de inyectar liquidez y disminuir sus tasas de interés, poniendo en práctica las lecciones de la crisis financiera internacional de 2008.

Otro elemento que hizo posibles las restricciones en la movilidad, sin que se desplomaran las estructuras existentes, fue la tecnología. Imaginar el teletrabajo o el funcionamiento virtual de los bancos, y de compañías de todo tipo, al igual que de las instituciones estatales, habría sido imposible incluso a comienzos de este siglo.

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Debido a ello, la revolución tecnológica avanzó años en cuestión de meses. Lamentablemente, esa evolución desnudó también grandes inequidades entre trabajadores y estudiantes, dependiendo del oficio que desempeñan o del nivel de ingreso que poseen. La desigualdad, que ya venía en franco aumento, será mayor en el futuro.

Semejante realidad tendrá repercusiones en múltiples frentes, pero especialmente en el político. A menos que los gobiernos y los dirigentes entiendan bien la situación, la pandemia puede dar paso a una ola de frustración y resentimiento, con expresiones en las urnas. No faltarán los que buscarán pescar en el río revuelto del descontento, comenzando por los populistas.

La desigualdad, que ya venía en franco aumento, será mayor en el futuro

En medio de tantos peligros, es importante señalar lo positivo. Para comenzar está la solidaridad del género humano, que se expresa con el respaldo a los que lo necesitan y que especialmente se resume en el altruismo del personal médico y sanitario que ha pagado con miles de vidas el compromiso de salvar a los demás.

No menos significativo es el esfuerzo de la ciencia, que logró algo que parecía imposible: diseñar y hacer factible en muy poco tiempo no una, sino varias vacunas que permitirán superar esta dura prueba de manera gradual en los meses por venir. Gracias a ese avance, el año que concluye viene acompañado del renacer de la esperanza y de la convicción de que, como especie, somos capaces de adaptarnos y sobreponernos a retos y dificultades.

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Solo queda desear que ojalá esas lecciones no se olviden y la humanidad sepa aprender de esta dura experiencia para sortear retos tan complejos como pobreza, violencia, desigualdad y cambio climático. A fin de cuentas, la lista de cosas por hacer para construir un mundo mejor es larga, y encontrar las respuestas adecuadas comienza por la acción colectiva.

Ese sería el mejor homenaje que se puede hacer para honrar la memoria de tantos que sucumbieron como consecuencia de la pandemia. Porque no solo se trata de que la vida siga, sino de que sea mejor que antes.

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RICARDO ÁVILA
Analista sénior
Twitter: @ravilapinto



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