in

Coronavirus en Colombia: Joven caleño que venció al covid-19 tras 43 días hospitalizado – Salud

Coronavirus en Colombia: Joven caleño que venció al covid-19 tras 43 días hospitalizado - Salud


Le tiemblan las piernas cuando camina. El brazo izquierdo, que por meses no tenía fuerza suficiente ni para levantar el celular, ahora sostiene el bastón que se convirtió en una extensión de su cuerpo. Los pulmones, que en la radiografía se ven como un par de uvas pasas, no le dan para recorrer más de tres cuadras. Pero Kevin Cardona está vivo, y eso, en su caso, es una hazaña para algunos y un milagro para otros.

Comenzó como un resfriado en marzo. Fueron dos semanas de fiebre y dolor de cabeza intensos, que intentó combatir con tres inyecciones en una farmacia y algunos medicamentos. Pero luego llegó la falta de aire. Sentía que se ahogaba.

Cuando no aguantó más por su cuenta, arrancó para la Clínica Versalles, en el noroccidente de su natal Cali. Estaba tan grave que lo intubaron solo cuatro horas después de entrar al centro hospitalario, cuando los médicos descubrieron que la bala de oxígeno no era suficiente. Cayó en el sueño profundo del coma por veintidós días, y ni siquiera supo –porque lo descubrieron cuando ya estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)– que la causa era el covid-19.

Aunque ahora le cuesta moverse, antes de que el virus llegara al mundo Kevin vivía en un ajetreo constante. Este moreno de 29 años, padre de tres niñas, salía de su casa a las seis de la mañana y trabajaba durante tres horas, hasta las nueve, haciendo carreras con Uber; luego se iba para el centro de la ciudad, en plena carrera 8.a
(la meca del comercio en Cali), y abría la tienda de ropa que abrió hace tres años, donde trabajaba hasta las siete de la noche. Los fines de semana, sin falta, iba a azotar baldosa a punta de salsa. Frecuentaba Síguelo, una discoteca que ahora sobrevive de conciertos virtuales y de la venta de caretas y tapabocas a través de sus redes sociales.

Volver a todo eso, por ahora, parece un imposible: Kevin está reducido.

Veintidós días en la UCI

Una manguera de plástico. Esa ha sido una de las armas infaltables de los médicos para luchar contra el covid-19. Es maleable pero resistente, y tiene el grosor de un esfero (entre 6,5 y 9 milímetros de diámetro). Se llama tubo endotraqueal y sus casi 30 centímetros de largo tienen la boca del paciente como punto de partida y los pulmones como punto de llegada. Gracias a esa manguera se suple la insuficiencia respiratoria, que ha causado la muerte de cientos de miles de infectados con coronavirus.

Cuando a Kevin lo sedaron para para intubarlo, sentía que se estaba yendo. Aparte de las dificultades para oxigenar, su cuerpo de 160 centímetros de estatura tenía otra característica que aumentaba el riesgo de muerte: 105 kilos de peso, lo que lo ponía en el límite de la obesidad.

“Los médicos decían que yo estaba prácticamente muerto, porque mi caso era uno de los graves. Para ellos, lo único que me levantaba de la cama era un milagro”, cuenta Kevin, quien recuerda poco de esos días que tuvo que pasar en la UCI. Se quedó apenas con las imágenes de algunas pesadillas frecuentes mientras estaba en coma: aparecía encerrado en una casa o en un carro, gritando, sin que nadie pudiera escucharlo y sin poder abrir la puerta y liberarse de su prisión.

Afuera del hospital, su familia vivía una pesadilla en la realidad. Empezó a regir la cuarentena estricta, que los obligaba a quedarse confinados. Un día recibían la noticia de que Kevin estaba estable y, a las pocas horas, la de que se había complicado. No dejaban de ver en televisión las cifras al alza de nuevos contagiados y muertos por cuenta del virus y, para rematar, tenían que hacerle frente al golpe económico a causa de que él no pudiera trabajar y el local de ropa estuviera cerrado.

Veintidós días después de haber ingresado a la Unidad de Cuidados Intensivos, cuando Kevin despertó, no sabía ni siquiera cómo se llamaba. Había perdido 35 kilos de peso durante esas tres semanas que lo alimentaron a través de sondas y catéteres. Su reacción al volver a la vida, sin reconocerse a sí mismo ni al lugar donde estaba, fue tirarse de la cama. Tuvieron que amarrarlo y aplicarle un sedante para controlarlo.

Y lo que vino fuera de la UCI fue una seguidilla de golpes. Lo trasladaron a una habitación para él solo cuya puerta se abría únicamente cuando entraban, con sus trajes casi espaciales, los médicos, internistas, enfermeros y el personal de servicios generales que atendía a este caleño. Tenía sed todo el tiempo, quería tomar agua, pero el riesgo de que sus pulmones –ya bastante afectados para entonces– se llenaran de líquido se lo impedía. Le tenían que hacer masajes en la boca y terapias para las cuerdas vocales, que se le afectaron mientras estuvo en coma. Cuando por fin le retiraron la sonda a través de la cual lo alimentaban tuvo que resignarse a una dieta de sopas y compotas: lo único que su organismo asimilaba.

El 25 de abril fue, además de su segundo día fuera de cuidados intensivos, su cumpleaños número 29, que en la biografía de Kevin quedaría consignado como el más solitario de todos. Ese día, la impotencia se sentía más: si no tenía fuerza para levantar la cuchara por sí solo, mucho menos para coger el teléfono y responder una llamada. Los auxiliares de la clínica debían hacerlo todo por él.

En los veintisiete días que duró internado en esa habitación se fueron acumulando pequeños triunfos que le permitieron estabilizar su salud. Tanto, que los mismos médicos y enfermeros, quienes dudaban de que saliera con vida de la clínica, le hicieron una calle de honor y lo despidieron con aplausos del centro hospitalario, atendiendo al milagro de su recuperación.

El momento quedó registrado en una foto que fue portada de este diario el 13 de mayo, cuando se celebra el Día Internacional de la Enfermería. Para entonces, Fairlane Giraldo, uno de los profesionales homenajeados en la fecha, quien atendió a Kevin, dijo: “Su caso era especial, porque fue el primer paciente que llegó a la institución en esas condiciones. Todos los días nos estamos preparando, pero encontrarnos un caso así de frente era una situación muy diferente”.

Sumando el tiempo en UCI y en piso, Kevin completó 43 días hospitalizado. Cuando ingresó a la clínica, el 2 de abril, había apenas 1.161 casos de covid-19 en toda Colombia. Era difícil, para entonces, imaginar que el número de contagios sobrepasaría el millón y el país (que ocupa el puesto 28 en el listado de naciones por población) estaría entre los cinco con más registros de casos positivos de coronavirus a nivel global.

Aunque en esa fecha, el Valle era el departamento más afectado, con 150 contagios en su territorio, el caso de Kevin no dejaba de ser particular: tenía menos de 30 años y por poco el covid-19 se lo lleva antes de que fuera atendido.

Por eso, otro de los médicos que lo asistieron, el internista Germán Alberto León Escobar, quien destacó el síndrome respiratorio agudo severo de Kevin, considera su salida de la UCI como uno de sus triunfos profesionales. “El día que le dimos de alta, en ese aplauso después de esa lucha por la vida, botamos una lágrima, porque era el producto del esfuerzo, trabajo y compromiso de todos; ver que las cosas sí se pueden hacer y ver que los pacientes sí se recuperan”, dijo el galeno.

Pero ese momento, luego de 43 días, sería apenas el inicio de un calvario que, incluso ahora, casi medio año después, tiene muchas estaciones por recorrer.

Enfrentarse al derrumbe

La imagen de Kevin saliendo del hospital ovacionado también deja ver su estado. Lo dieron de alta, sí, pero iba en silla de ruedas. Volver a su casa fue, de alguna forma, seguir hospitalizado en su lugar seguro: estaba postrado en la cama y, cuando necesitaba moverse, tenía que pedir ayuda a su abuela, su hermana, su tío o a alguno de los dos primos con quienes vive. Ellos también se encargaban de cambiarle el pañal y paladearle la comida (que siguió siendo líquida durante dos meses más).

Que Kevin pueda caminar ahora, así sea poco, es el resultado de un proceso que lo hizo sentirse niño nuevamente. Cuando se levantó de la silla de ruedas, sus primeros pasos los dio sosteniéndose de sus familiares, luego tuvo que acostumbrarse al caminador, hasta que logró permanecer de pie apenas con la ayuda del bastón.

Las secuelas del covid-19 incluyen, además, una deficiencia en el hemisferio cerebral derecho, que es el encargado de la coordinación motriz del lado izquierdo del cuerpo. Él lo explica diciendo que “la mitad izquierda del cuerpo tiene menos fuerza que la derecha”. Los pies le duelen con frecuencia y no se puede agachar bien.

Las madrugadas para hacer carreras en Uber y el ajetreo de las ventas en el centro de Cali fueron reemplazadas por un horario estricto de ejercicios y terapias con los que espera volver a caminar, trabajar y poder bailar nuevamente los clásicos de El Gran Combo de Puerto Rico, Richie Ray, Bobby Cruz, Los Hermanos Lebrón y tantos otros salseros que hoy, con frustración, solo puede escuchar.

Kevin se levanta a las 8 a. m., desayuna y empieza a hacer ejercicios: monta bicicleta estática, camina por toda la casa, intenta retomar el equilibrio. Tres veces a la semana lo visitan sus terapeutas, primero la encargada de la rehabilitación física y luego la de la respiratoria.

Tiene que hacer pausas en los ejercicios de spinning, porque le comienzan a doler las rodillas. Poco a poco va recuperando la capacidad de agacharse, después de darse la pela con los estiramientos. Durante la terapia respiratoria también tiene que parar de tanto en tanto. A veces lo ponen a ‘soplar bolitas’, pero los pulmones no aguantan mucho por ahora.

Pero, por encima de todo eso, hay algo que le preocupa a Kevin: las deudas. Mientras estaba internado en la clínica, su tienda de ropa se fue a pique y tuvo que ser cerrada.

“En esos días todo se derrumbó económicamente. Volví a saber lo que es no tener nada. Mi familia y algunos amigos me han ayudado, pero después de tantos meses sin trabajar es muy duro. Tengo una plata por pagar y ya todo el mundo empieza a cobrar, pero sin poder trabajar es muy complicado”, contaba Kevin a mediados de septiembre, cuando intentó volver a conducir para hacer algo de dinero, pero después de una hora sentado en el carro el dolor se hizo insoportable y le recordó lo que los médicos siempre le repiten: sobrevivió, pero su recuperación tomará mucho tiempo.

Manejar no es solamente una de sus formas de hacer dinero. Desde niño, Kevin ha sido un apasionado por los carros y el volante. Cuando terminó el bachillerato comenzó a conducir un camión de una compañía cervecera por el Valle, empleo que le duró hasta 2017, cuando arrancó en el negocio de la venta de ropa.

A principios de octubre de este año, todavía reducido por las secuelas del covid-19, el bolsillo de este caleño no aguantó más. Kevin decidió prender el carro que está pagando, reingresó a Uber y empezó a hacer carreras en las mañanas, antes de sus terapias.

Llevaba apenas tres días de su reinicio cuando tuvo que volver al hospital. Esta vez por cuenta de la delincuencia. Unos motociclistas se le atravesaron en una calle del barrio Tequendama y, como no pudieron robarse su vehículo por una falla mecánica, le dieron dos cachazos en la cabeza, que le produjeron una herida del largo de siete puntos quirúrgicos.

Después de pasar casi un mes y medio en la clínica, sometido al tubo endotraqueal y otro montón de procedimientos necesarios para seguir con vida, esa sutura fue una cuestión menor. Ahora solo espera recuperar los papeles del carro y el celular, que sí lograron llevarse los delincuentes, y volver a manejar”

JULIÁN RÍOS MONROY

Fuente de la noticia

Report

Te gusto la publicación?

32 Points
Upvote
Plebiscito en Chile: arrasa el "Apruebo" a una nueva Constitución, según primeros resultados oficiales

«Este plebiscito no es el fin, es apenas el principio», advierte Piñera al celebrar jornada democrática en Chile

Conducción autónoma y la tecnología del nuevo Mercedes Clase S 2021

Conducción autónoma y la tecnología del nuevo Mercedes Clase S 2021