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¿Cuándo volveremos al Pascual Guerrero? (Opinión)

¿Cuándo volveremos al Pascual Guerrero? (Opinión)


Febrero 28, 2021 – 08:40 a. m.



Por:

César Polanía – Editor de Afición / El País 

Qué falta haces, Pascual. Una pandemia letal cerró tus puertas hace un año. Ahogó tus cantos y volvió mudos los gritos de gol. Sentó la soledad en las gradas y calló los micrófonos de las cabinas de radio. Silenció los tambores del tercer piso. Y, sin compasión alguna, invitó a la incertidumbre cada miércoles. Cada domingo. Cada partido. Y no hay castigo más cruel para un hincha que la ansiedad.

En una Cali tan futbolera, no ir al Pascual resulta una rareza. Un atentado contra la felicidad. No tengo idea alguna de lo que ustedes sienten cuando van al Pascual. Pero debe ser algo parecido a lo que a mí me sucede. Me olvido de todo. Y, por fortuna, la señal del celular también se va.

El Pascual huele a fiesta. A domingo. A pasto recién cortado. A linimento. A pelota nueva. A manga biche con sal. Al chorizo de la esquina. Al marrano que le dicen lechona. Al salchichón de ‘Pipico’. Al maní de ‘Chancarina’. Al ‘Duende’. A Orteguita. A ‘Sandokán’. Y a tantos otros que se fueron de visita al cielo.

Mi viejo me cuenta que cuando era niño se escapaba de la casa para ir al Pascual. No tenía dinero. Entonces, apelaba a los beneficios de ‘gorriones’, una estrecha y diminuta puerta ubicada en la tribuna Sur, por donde solo podían ingresar aquellos cuya estatura los dejaba. Y gambeteando la pobreza se enamoró del color rojo.

Fue él, cómo no, quien me llevó de su mano por primera vez al Pascual. Me gustaba llegar temprano para ver los partidos de las ‘reservas’.

Cuando terminaban, me iba a recorrer el pasillo del segundo piso y hacía un alto en casi todas las cabinas de radio. Quería ver, casi a escondidas, cómo eran las caras de esas voces que escuchaba por el transistor de mi casa. Y me dejaba seducir por ese hervor que allí presenciaba y que nacía con aplomo en las gargantas del Doctor Mao, Araújo Gámez, Aristizábal Ossa, Rentería o Marino, en medio de un arrume de cables, radios gigantes, micrófonos y audífonos que parecían espaciales.

Cuando el partido profesional estaba próximo a comenzar, bajaba al primer piso y me plantaba recostado totalmente a la malla que separaba las gradas de la pista atlética, a la espera de la salida del equipo a la cancha. Una turba me aplastaba. Cuántas veces habré gritado, sin poder extender más que mi voz: “Ochoa, Fiera, Battaglia, Falcioni, Willy, Gareca, Cabañas, Polilla, Pipa, Alex, Usu”… Y si alguno de ellos miraba y soltaba un saludo —cómo saber si iba para mí—, con ese gesto me pagaba la boleta.

Pero siempre vi fútbol como me enseñó mi padre: amando una camiseta sin dejar de admirar al rival. Y bajo esa premisa, el Pascual ocupa una parcela grande en la geografía de mi felicidad. Ahí me enamoré del fútbol. Ahí me deleité con Zape, Umaña, Scotta, Benítez, Nadal, Redín, Valderrama, Checho y Aravena. Con Valdomiro, Vivalda, Barberón, Van Tuyne, Cabrera, Iguarán, Juárez, y Vanemerak. Con Carnevalli, Delménico, Bauza, López, Didí y Uribe. Con Cueto, La Rosa, Brown, Gutiérrez y Sapuca. Con Gottardi y Odine. Y un tal ‘Maradona’ con la camiseta de Argentinos Juniors.

Otros, muchos años atrás, tuvieron la fortuna de ver en el mismísimo Pascual al Real Madrid de Di Stéfano y Puskas. Al Santos de Pelé. Al Nápoles de Sívori, Angelillo y Altafini. Al Bayern Múnich de Beckenbauer, Breitner y Müller. A la Rusia de la ‘Araña negra’. Al Brasil de Rivelino, Zico y Cerezo. A la Perú de Cubillas y Sotil.

Ya no ves jugadores de esa talla en el Pascual, pero la felicidad es la misma. O fue la misma hasta marzo del año pasado, cuando la pandemia hizo gol en el mundo entero y los estadios se volvieron solitarias moles de cemento donde el fútbol se juega sin alegría en las gradas.

Ha pasado un año. En algunos estadios de Europa se permite un mínimo aforo. La pandemia sigue causando estragos. Con menor intensidad en algunos países que en otros. En Colombia ya están vacunando. Los equipos se siguen desangrando por falta de taquillas. ¿Cuándo podremos regresar? Qué falta haces, Pascual.



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