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¿Cultura, pobreza o economía? un análisis a la expansión del coronavirus en el Atlántico y Colombia

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¿Cultura, pobreza o economía? un análisis a la expansión del coronavirus en el Atlántico y Colombia

Por Rafael Pabón Correa (*)

El primero de mayo el departamento del Atlántico y su capital, Barranquilla, reportaban un histórico de 363 casos de Covid-19. Dos meses después, con 24.212 casos, la cifra había crecido un impresionante 6.700%. Por ponerlo en perspectiva, la capital del país, Bogotá, había comenzado el mes de mayo con 2.772 casos y para el primero de julio reportaba 31.417, un crecimiento nada despreciable de más de 1.100%. En todo caso, pareciera que los papeles se hubieran invertido, el Atlántico, con su población tres veces menor, había crecido seis veces más rápido.

Estos números ponen de relieve dos puntos evidentes. El primero, la acelerada expansión del coronavirus. Este es un hecho que a veces resulta difícil de comprender ante la aún mayor certeza de la firmeza de la expansión demográfica humana y la ceguera del día a día. Después de todo, 300 casos diarios no parecen tan alarmantes como 24 mil en dos meses.

El segundo punto evidente, no obstante, es más intrigante. El departamento del Atlántico es en Colombia lo que en estadística se conoce como un outlier, un caso atípico cuyo comportamiento se aleja varias desviaciones estándar de la media. La situación del departamento ha puesto a hablar a todo el país sobre lo que pasa en el Caribe colombiano. Esto a pesar de que los números muestren que en el Caribe colombiano no pasa nada.

Aunque lejos de estar en los primeros lugares, la región Caribe no presenta números tan alarmantes una vez se retira al departamento del Atlántico. 

Todo pasa, en realidad, en el pequeño espacio territorial atlanticense, apenas el segundo departamento en extensión del país. Sin embargo, quizá una siempre frecuente, pero no muy afortunada, estereotipación del ‘costeño’, ha servido para que la preocupante situación trascendiera a las fronteras departamentales y fuera a situarse, con demasiada rapidez, en las de la región Caribe. El resultado no podría ser otro más que el señalamiento de los sospechosos usuales ante cualquier problemática de índole social: cultura y educación.

Palabras más, palabras menos, lo que el señalamiento de estas variables como responsables de la expansión del coronavirus implica es que los costeños son incultos y poco educados. Una vez afianzada esta ‘verdad’, el científico social de turno puede elegir a los culpables usuales: el gobierno, la familia, el individuo, etc. Está tan tácitamente aceptada la idea de que el coronavirus se esparce en fiestas y a través del jolgorio de los caribeños, que poco o nada se ha cuestionado el argumento de que la indisciplina social es lo que llevó al Atlántico a las preocupantes cifras que hoy registra.

Pero, ¿es esto cierto?, ¿qué tiene para decir la estadística sobre los números del coronavirus en Colombia? Con la abundancia de datos que produce cada día la pandemia en el país extraña mucho que estas respuestas aún no se hayan dado a la opinión pública en general.

Economía y pobreza: verdaderos factores de riesgo.

Usando un modelo de regresión lineal múltiple es posible realizar un análisis detallado que permita determinar cuáles son las variables que tienen una incidencia estadísticamente significativa en el número de contagios que presenta un municipio del país. Este es un método de estadística inferencial (no descriptiva) y, a diferencia de la simple visualización de promedios, porcentajes y totales acumulados, permite establecer relaciones causales entre distintas variables independientes sobre una variable dependiente. 

En este caso, la variable dependiente (aquella a explicar) es el número de contagios por cada 100 mil habitantes al 12 de julio en los 728 municipios del país que a esa fecha presentaban algún caso. Dado que el número de contagios está divido entre la población de cada municipio, el número de habitantes no es demasiado relevante. 

Creo firmemente que para mejorar la discusión pública –y probablemente hacer más eficiente el accionar de las autoridades- es necesario agregar algo de fundamento a las teorías que intentan explicar el movimiento del coronavirus. Por ejemplo, uno de los primeros resultados que el uso de este método arroja es que las dos variables más importantes para determinar el número de contagios que tendrá un municipio son: la fecha del primer contagio y el número de pruebas realizadas. 

Lo primero resulta apenas evidente, no es lo mismo llevar un día de infección que 30, así como aplicar 10 mil pruebas necesariamente va a detectar más casos positivos que mil. No obstante, es más curioso comprobar que la interacción entre estas dos variables produce una disminución en el número de contagios, es decir, entre dos municipalidades que tuvieron su primer contagio el mismo día, aquella que haya hecho más pruebas tiene el potencial de tener menos casos. Esta es una comprobación empírica de la repetida recomendación de la OMS “testear, testear, testear”.

Una vez controladas estas variables más bien obvias, sin embargo, podemos pasar a comprobar los efectos de otras variables cuyos efectos son menos evidentes. La conclusión a primeras es que el Covid-19 es una pandemia de naturaleza económica. Las variables que con mayor intensidad predicen un mayor número de contagios son las que hablan de la importancia económica de un municipio. Por ejemplo, las ciudades capitales tienden a tener más casos del virus, alrededor de 300 contagios por 100 mil habitantes más. No obstante, este efecto está mediado por la clasificación de importancia municipal que realiza el DANE cada año, las capitales con una clasificación de importancia más alta son las que presentan más casos, las capitales que aportan menos a la economía del país no.

La educación, que tantas veces es esgrimida en el debate público como la solución a todos los problemas, está correlacionada con un mayor número de contagios, no con menos. Hablamos de educación medida como máximo nivel de estudios; los municipios en los que las personas, en promedio, han completado más grados de estudio tienden a tener más contagios. ¿Significa esto que estudiar más te hace contagiarte más?, probablemente no, significa que mayores niveles de estudio coinciden con alguna otra variable que sí influye en tener mayores niveles de contagios, esto se llama en estadística colinealidad

Aunque lo que se pueda teorizar en este tema no deja de ser especulación, lo cierto es que es muy probable que un mayor nivel promedio de estudios a nivel municipal esté relacionado con un mayor nivel de actividad económica. Así pues, cualesquiera que sean los beneficios que la educación provea a una sociedad que intenta evitar la propagación de una pandemia, estos no son lo suficientemente fuertes como para contrarrestar los efectos de una actividad económica intensa y, si lo son, en Colombia no hay suficientes ciudades que posean los niveles de educación necesarios para comprobar esta teoría. 

Aun así, la importancia económica está lejos de ser la única variable relevante para explicar la expansión del coronavirus. Variables relacionadas con precariedad y pobreza también parecen ser muy importantes para explicar un mayor número de contagios al momento de realizar este análisis. El hacinamiento (viviendas en las que hay 3 personas o más por dormitorio, en promedio), la falta de servicio de acueducto, casas que están hechas con paredes inadecuadas o núcleos familiares grandes, todas están relacionadas con mayores números de casos de Covid-19. 

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Variables relevantes para explicar el número de casos x 100 mil habitantes en los municipios de Colombia. Los asteriscos indican la intensidad de la relación, el número fuera del paréntesis el agregado al total de casos.

La ‘cultura’: el culpable de siempre.

Llegados a este punto es importante volver a discutir la hipótesis de la cultura y el comportamiento de las personas como los principales causantes de la propagación del virus. Si esto fuera cierto, entonces significaría que las personas pobres se comportan, en general, de una forma que tiende a esparcir el coronavirus en mayor medida que aquellas personas que no son pobres. 

Las variables de pobreza que resultan significativas solo estarían correlacionadas con las características culturales y el comportamiento de los pobres. Es decir, no es el hacinamiento, ni las casas hechas de tabla o materiales de desecho, ni siquiera la falta de servicio de agua, sería la ‘forma de ser’ de las personas que viven en ese tipo de casas la verdadera causa, las características de su pobreza son solo coincidencias.

Sobra decir que no soy fanático de esta explicación. La cultura es, a mi parecer, una explicación a veces facilista con la que se intenta justificar lo que no se comprende o no se puede medir bien. Es difícil afirmar que el vivir en casas en las que en cada cuarto duermen 3 personas o más, en las que no hay servicio de agua, o en las que los núcleos familiares son más grandes, no está relacionado directamente con una mayor transmisión del virus.

Me cuesta encontrarle un espacio a la cultura entre estos factores de riesgo y, de hecho, sería mucho más sencillo defender una relación causal inversa. Las condiciones de vida de las personas pueden favorecer comportamientos perjudiciales en muchos ámbitos, incluida la prevención de la expansión del coronavirus.  

Algunos de estos comportamientos ni siquiera tienen que ser las fiestas plagadas de alcohol y música para disfrazar las carencias de una vida difícil que los medios a veces nos han dibujado, podrían ser cosas tan simples como la necesidad de recurrir a labores de trabajo informal que sean mucho más vulnerables al contagio por el virus. Nadie dudará que sea muy probable que las personas con pocos recursos no trabajen de oficinistas, ni puedan hacer teletrabajo.

Defender que son los comportamientos los que han expandido el coronavirus y causado la pobreza es, por ponerlo en castizo, defender el viejo adagio de que “los pobres son pobres porque quieren”. 

En todo caso, un punto aún podría ser hecho alrededor del atípico caso atlanticense, quizá los pobres costeños se comportan de manera diferente a los pobres de otras regiones del país y por eso aquí hay más contagiados per cápita que allá. Probar este punto de manera cuantitativa siempre será muy difícil, porque es difícil cuantificar la ‘cultura’, no obstante lo que sí es cierto es que el modelo que he usado para este trabajo demuestra que no existe ninguna diferencia significativa en el número de casos de coronavirus entre las regiones Andina, Caribe, Orinoquía y Amazonía. Solo la región Pacífica muestra un comportamiento atípico con más casos como región, incluso controlando por las dos ciudades con mayor número de contagios por 100 mil de esta zona (Quibdó y el Carmen de Atrato). Este efecto de la región Pacífica podría deberse, sin embargo, a la frontera que comparte con Ecuador por Nariño y no a razones culturales.

El misterio del departamento del Atlántico

Los resultados aquí presentados, sin embargo, no son suficientes para explicar el número de contagios del Atlántico y Barranquilla. Aun tomando en cuenta los niveles de pobreza, de educación, la región, la importancia económica y otras diversas características geográficas, este departamento tiene más casos de los que debería tener. 

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Municipios del Atlántico que, de acuerdo a sus características, presentan la mayor diferencia entre el número real de contagios y los valores que se esperaría que tuvieran. (Barranquilla no ha sido incluida porque el efecto de ser capital de importancia 1 ‘matiza’ los resultados, haciendo que las diferencias no sean tan pronunciadas).

¿Cómo llegamos aquí?,explicar estas cifras a través del comportamiento y la cultura requiere dos supuestos muy fuertes. El primero, que Barranquilla y el Atlántico presentan un comportamiento que no es solo muy diferente al de Colombia en general, sino a toda la región Caribe. El segundo, que este comportamiento es tan diferente que nos hace ubicarnos 2.2 desviaciones estándar por encima del promedio nacional, algo que solo tiene una probabilidad del 2% (aclaración para los estadistas: asumiendo una distribución normal).

Por más orgullosos que estemos de nuestras tradiciones, por más especiales que nos sintamos, por más que a veces creamos ser únicos en el planeta, lo cierto es que la probabilidad estadística de que realmente lo seamos es ínfima, prueba de esto es que los habitantes de todas las ciudades del mundo creen lo mismo. Sentir que la cultura de uno es única y especial es algo muy común. 

El caso del Atlántico es muy difícil de explicar, pero lo cierto es que atribuirlo a variables improbables no es una actitud científica razonable, por el contrario es necesario mirar a causas mucho más factibles que no requieran conspiraciones del universo para cumplirse.

Mucho se ha hablado de la posibilidad de que el Coronavirus hubiese llegado a Colombia a mediados de febrero (así lo sugiere un estudio que contó con la participación de la Universidad del Rosario) y lo cierto es que existen testimonios de personas en Barranquilla que aseguran haberse contagiado durante los carnavales. 

Si existe una cosa en Colombia que haga único al Atlántico, más allá de la calidez de su gente, es el carnaval de Barranquilla, en el que las aglomeraciones son comunes y la visita de extranjeros de Europa y Norte América también. Estas son regiones en las que sabemos que el virus circuló sin control durante varias semanas antes de que las autoridades empezaran a hacerse cargo.

Sorprende que hasta el momento esta posibilidad no haya sido abordada con seriedad, sobre todo porque, a diferencia de la teoría de la indisciplina social, esta no representa una carga de responsabilidad tan fuerte para el Gobierno local. Suspender el carnaval en un momento en el que Italia apenas había detectado 79 casos y España 2, era una medida que solo un verdadero profeta habría podido justificar.

¿Quiere decir esto que se debe abandonar la idea de la disciplina social como una forma de prevenir el contagio del coronavirus?, para nada, la disciplina es la mejor arma que tenemos para luchar contra el virus, a pesar de los defectos estructurales que el Estado colombiano no ha podido corregir durante siglos. 

Esto quiere decir, más bien, que las autoridades deben usar los datos disponibles para, en la medida de lo posible, aplicar medidas de prevención específicas para atender a las poblaciones que se encuentran en mayor riesgo de contagiarse del virus. Utilizar instrumentos de medición para determinar cuáles son las viviendas en las que hay niveles más altos de hacinamiento, por ejemplo, y proveer mecanismos para disminuir la densidad de estos hogares durante momentos de rebrotes o aceleración de los contagios. De igual forma, las personas que cumplen cualquiera de estas características deben ser informadas especialmente de la probabilidad que tienen de contagiarse -hagan o no hagan fiestas-. 

En aras de la transparencia científica, en el siguiente enlace se adjunta la tabla de resultados del modelo empleado para el presente análisis, su interpretación ha sido realizada a lo largo de este texto. https://drive.google.com/file/d/1S70LZOErlz57uVrPw9WujXbis6kkRGgk/view?usp=sharing

(*) Rafael Pabón Correa es investigador académico, egresado de la maestría en Ciencia Política del Centro de Investigación y Docencia Económica de Ciudad de México, la maestría en Periodismo de la Universidad CEU San Pablo de Madrid y del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe.

Contacto: [email protected]

 



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