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Decisión, verdad, tecnología y amor. La pandemia no admite dicotomías de género – Diálogo Político

El Día de la Mujer del año 2020 es recordado en muchos países como la última gran manifestación antes de la cuarentena. ¿Cambió algo desde entonces?

Hace un año, las celebraciones del Día de la Mujer fueron los primeros eventos públicos que se enteraron que el mundo estaba cambiando. Foros internacionales suspendidos (en mi caso, el primero de tantos viajes cancelados desde entonces), marchas como las de Madrid que derivaron en contagios multitudinarios. Si esas señales anticipadas invitaban a repensar homenajes y rituales, el devenir de la crisis también marcó un punto de inflexión en la idea de dividir la política entre hombres y mujeres.

El coronavirus inauguró un luctuoso campeonato mundial en el que, a diferencia de la popular copa de fútbol, pierden los que ocupan las primeras posiciones. Pocas veces la geopolítica puso a los países en tan brutal situación de comparar en una misma tabla resultados de países que más allá de la pandemia hubieran sido incomparables. En este triste certamen de muertes y contagios, los aciertos y fracasos no se miden por el género de sus responsables. Solo la trampa de la ultracorrección política se apuró a decretar una ventaja femenina donde lo que había era liderazgo humanitario y responsabilidad política.

Apenas un par de semanas después de declarada la pandemia, cuando todavía la incertidumbre ganaba al conocimiento, una columna de opinión de la revista Forbes destacó a siete mujeres con la hipótesis de que estaban gestionando mejor la pandemia que sus pares. La más conocida del grupo era Angela Merkel, con claro ascendente no solo en Alemania sino en toda Europa, región que sumaba los países del norte con Mette Frederiksen, de Dinamarca; Sanna Marin, de Finlandia, Erna Solberg, de Noruega; y Katrín Jakobsdóttir, de Islandia. Solo Jacinta Arden de Nueva Zelanda y Tsai Ing-wen de Taiwán incluyeron representantes del Global South en la escueta lista. Que se replicó tan prontamente que la búsqueda en Google arroja más de mil artículos con los siete nombres en medios y portales de todo el mundo, sin contar su mención infaltable en todos los powerpoints de la comunicación política de la pandemia. No queda tan claro si quienes repitieron la lista coincidían de lleno con la hipótesis de la articulista que explicaba este liderazgo femenino en cuatro modestas virtudes: «decisión, verdad, tecnología y amor».

Lo que sí sabemos después de un año de pandemia es que cualquier evaluación es provisional y, si al inicio importaba la cantidad de contagios, hoy el foco está en la vacunación. Al 3 de marzo de 2021, con 117 países en proceso de inmunización, la media de población vacunada alcanza el 2,1 %. Solo cuatro de los países femeninamente ponderados superaban el modesto indicador: Dinamarca, 8,1 %; Finlandia, 7,3 %; Noruega, 6,4 % y Alemania, 5,4 % (según datos de Our World in Data). Pero hoy no se recurre al género de los líderes para explicar el éxito de los tres países con más de un tercio de su población vacunada (Israel, Emiratos Árabes y Reino Unido). Esta operación muestra que aquella exaltación escondía un sexismo a la inversa, que entendía que el género era más determinante que la decisión política o la pericia técnica. Una vara diferente para la valoración del desempeño en el gobierno es lo contrario que la equidad de derechos requiere.

Una evaluación con parámetros técnicos tales como restricciones aplicadas, pruebas de detección, internaciones, dificultaría encontrar factores en común en aquel apurado grupo de las siete. La igualdad de condiciones de acceso a la política también es igualdad en la evaluación del desempeño. A más de un siglo en que las pioneras del feminismo abrieron los espacios que hoy ocupan estas destacadas mujeres, es de un simplismo humillante reducir su aporte a «decisión, verdad, tecnología y amor». Cualidades que, por cierto, deberían ser requisitos mínimos a toda dirigencia, cualquiera sea la identidad de género que elijan para ejercer su cargo.

Pocas veces ocurre, como en pandemia, que todos los países enfrentan una crisis similar al mismo tiempo. Como en el Mundial de Fútbol, compiten los campeones de siempre con países que no podemos ubicar en el mapa, con la diferencia de que ninguno quiere estar en los primeros puestos de la tabla. Lo más trascendente de esta geopolítica global es que no hay tal cosa como una liga femenina. Durante esta crisis pandémica, las mujeres demostraron que podían enfrentarla como cualquiera y si, eventualmente, obtuvieron mejores resultados es porque jugando en igualdad de condiciones, algunas saben hacer diferencia.

Latinoamérica tiene ejemplos a la inversa, en que, lejos de aportar una renovación política, algunas mujeres muy poderosas mantuvieron los mismos esquemas de corrupción y vicios de privilegios de los hombres que las antecedieron. Pero el error de esas mujeres no invalida el derecho de otras a acceder a cargos políticos, tal y como había ocurrido cuando la política era un asunto masculino. Esos errores de unas conviven con el mérito de otras como Michelle Bachelet o Angela Merkel, que desde diferentes lugares ideológicos consolidaron una carrera de credibilidad y prestigio. Si hoy la política empieza a considerar otros modelos de ejercicio del poder, es porque la ética del cuidado que demanda el siglo XXI no es una cuestión de hombres o mujeres, sino de más personas con perspectiva humana. En un mundo atravesado por tantas polarizaciones, la política no puede seguir tratando lo femenino como una dicotomía..

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