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martes, julio 7, 2020

‘Jorge 40’ vs. ‘Simón Trinidad’, una inesperada guerra entre dos vecinos de cuadra. – Proceso de Paz – Política

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Guardo intactos en mi memoria los paisajes en los que reinaron los hombres que empuñaron las armas para imponer sus ideas. Esos atardeceres de brochazos naranja, rojos, violeta, y en la distancia la silueta de un jinete a caballo con su sombrero vueltiao arriando el ganado en las sabanas de Córdoba; ese olor a selva virgen con una sinfonía de animales y el murmullo de las quebradas en el Caquetá con sus aguas frescas.

Es una certeza. En uno y en otro sitio hasta el más ateo daría gracias a Dios por haber creado tanta belleza geográfica. Y en contraste, los armados. Mal afeitados, sudorosos y con la frialdad de que en el camino a la victoria hay que matar más. Ojalá en esa lista el primero sea un conocido. Uno que creció en la misma cuadra de Valledupar.

Es marginal que ambos suspiren de nostalgia al recordar los años de inocencia cuando jugaban en el río Guatapurí.

En aquellos tiempos se llamaban Rodrigo Tovar Pupo y Juvenal Ovidio Ricardo Palmera Pineda. Cuando hablé con ellos eran conocidos por ‘Jorge 40’ y ‘Simón Trinidad’. El uno era paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc); el otro, guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

En esta semana volvieron a ser noticia porque Jorge Rodrigo Tovar Vélez, hijo del ‘para’, fue nombrado coordinador en la Unidad de Víctimas del Ministerio de Interior.

“Esto no ha sido fácil”, me dijeron por separado cuando estaban al frente de sus poderosos ejercitos irregulares. “Pero es un sacrificio para construir un mejor país”, argumentaron cada cual mientras frotaban sus respectivas armas.

(Le puede interesar: Nombran hijo de ‘expara’ como coordinador de víctimas de Mininterior)

Conversé durante horas con ‘Simón Trinidad’ en el Caguán durante las frustradas conversaciones de paz en la administración de Andrés Pastrana Arango.

“Estamos cerca de la victoria”, auguró. ¿Por qué? “Nosotros tenemos la convicción del triunfo y el Ejército ve probable una derrota, y la moral en una guerra es lo más importante”.

Su argumento era tan coherente como su desconocimiento de las urbes que se desarrollaban pese a los tiros que no cesaban. ¿Cuánto hace que no va a Bogotá? “Uff, un buen tiempo, cuando estaban haciendo un centro comercial en el norte, Unicentro creo”.

‘La paz es mía’

“Las comunidades conocen mi lucha, me respetan porque siempre he protegido a los inocentes, saben que he sido un guerrero de la causa de la paz”, me explicaría años después ‘Jorge 40’ en Santa Fe de Ralito en tiempos de la desmovilización negociada en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Le enumeré que como jefe del Bloque Norte de las Auc él era responsable de miles de asesinatos, desplazamientos, torturas y violaciones sexuales de inocentes en toda la región Caribe. “Siempre he dado la cara por conseguir la paz”, respondió.

Tras su afirmación le pedí que sí podía tomarle una foto. Fue tajante: “Eso todavía no, tómeme las que quiera pero enfocando al camuflado. ¿Los lectores como van a saber que es usted? “Claro, mire, aquí dice ‘Jorge 40’ ”, se señaló con orgullo el nombre en el pecho.



Alias Jorge 40 fue extraditado el 13 de mayo de 2008 por el delito de narcotráfico.

Años después, desde la soledad de sus prisiones, en Estados Unidos, a donde fueron extraditados, acusados de tráfico de drogas, también por separado, no mostraron ningún arrepentimiento. Por el contrario, su mayor desvelo era no haber desaparecido de este mundo al enemigo, al otro, para que su tierra fuera mejor.

“Jorge solo piensa que él tiene la razón en todo. En su ideología supone que la única realidad es la que él cree que es. Es un fanático de sí mismo”, contó un abogado que lo visitó. “Simón está muy fuerte, convencido de sus ideales”, dijo otra fuente.

El destino los había puesto en Estados Unidos, el mismo nombre del lugar donde mucho tiempo atrás empezaron a buscarse para eliminarse.

Estados Unidos es el nombre de un corregimiento del municipio de Becerril, a dos horas de Valledupar. En sus mejores tiempos llegó a tener 720 habitantes. La guerra desatada entre ‘Jorge 40’ y ‘Simón Trinidad’ provocó la muerte de 500 personas. 211 fueron desplazados y solo nueve se quedaron en una de las páginas más estremecedoras y poco conocidas de la violencia en Colombia.

Un pueblo fantasma

Cuando fui como reportero, en 2007, todo era desolación. Escribí en ese momento que este Estados Unidos no tenía agua, luz, teléfonos y menos televisión. Un pueblo fantasma en donde la maleza penetró por las ventanas, traspasó las puertas, derribó techos y dejó las 123 casas del lugar convertidas en guaridas de animales de monte.

En 1987, ‘Trinidad’ llegó a este Estados Unidos para formar el frente 41 de las Farc. Atrás dejó su envidiada vida de gerente del Banco de Comercio, sus dos hijos y a su esposa, un matrimonio que las crónicas sociales de la época festejaron por tratarse de la “distinguida jovencita barranquillera Margarita Russo”.

En su persecución, al mismo sitio arribó ‘Jorge 40’, convertido ya en un personaje temible, y quien también había elegido los fierros poniendo a un lado a su esposa Anny Carolina Vélez, por muchos años gerente de Avianca en Valledupar, y a sus tres hijos.

Y lo que empezó como una batalla de insultos entre dos miembros de la élite regional terminó en una confrontación con grados de sevicia de bárbaros.

Estados Unidos es un punto estratégico por ser la puerta de entrada a la serranía del Perijá. Allí el insurgente pregonaba la justicia social en tiempos en los que la guerrilla tenía un halo de romanticismo al punto de que Diomedes Díaz le cantó en el vallenato El mundo: “Y por eso a Ricardo Palmera lo queremos tanto, él es el mismo ejemplo”.

Pero, la guerra es el terreno de la incertidumbre y en su andar ‘Trinidad’ se volvió implacable. Inteligente, duro, fundamentalista, así lo percibí en El Caguán, cuando él mismo ya no recordaba en cuántas tomas guerrilleras ni secuestros había participado.

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En este Estados Unidos me contaron que en la década de los 90, llegaron los paramilitares, fueron a las viviendas en donde creían alguna vez habían dormido los guerrilleros y sacaron a los campesinos a empellones y culatazos.

Con el corazón acelerado, me dijeron que fue ‘Jorge 40’ quien consideraba que esos métodos eran muy blandos y ordenó castigar “de manera ejemplar a ese pueblo de subversivos” porque “con caricias, la guerra no se ganaría jamás”.

El 15 de junio de 2001 los paramilitares recorrieron el pueblo en seis camionetas burbuja. Entre sus víctimas estuvo el labriego Samuel Durán, de 21 años, quien los domingos hacia sonar las campanas de la iglesia, lo amarraron a varios caballos, lo arrastraron, lo picaron a cuchillos y lo remataron a pedradas.

Con ‘40’ estuvo ‘Tolemaida’, un exmilitar nacido en El Difícil (Magdalena), y quien se vanagloriaba de sumar más de 300 asesinatos.Según los testimonios, solía descuartizar a sus víctimas y arrojar las partes para que las devoraran los animales.

Simón Trinidad

Fotografía de archivo del 3 de enero de 2004 del jefe guerrillero Juvenal Ovidio Ricardo Palmera, alias ”
Simón Trinidad”, a su llegada a Bogotá (Colombia) luego de ser deportado de Ecuador.

A diferencia de ‘Trinidad’ que se fue selva adentro, al sur del país, ‘40’ se quedó en el norte, era un protegido de un sector de las Fuerzas Armadas porque le hacían el trabajo sucio y de una parte de las élites de Valledupar, quienes le abrían sus casas durante el Festival Vallenato para las parrandas privadas, como me lo contó una de las altas figuras del Gobierno y que prefiere reservar su nombre.“Uno llegaba a esas fiestas y cómo iba a saber que allí estaba él y otros paras”, me dijo.

Acordeones y fusiles

Eso explica lo ocurrido el día que ‘Jorge 40’ se desmovilizó en La Mesa, corregimiento de Valledupar, y, entre fusiles y acordeones, Poncho Zuleta gritó emocionado “vivas” a la tierra paramilitar ante una muchedumbre que aplaudía feliz.

El escritor Alonso Sánchez Baute, autor del libro Líbranos del bien, precisamente en el que reconstruye la vida de ambos personajes, reflexiona sobre ellos:

“‘Trinidad’ y ‘40’ se fueron al monte, cada uno a una orilla opuesta, con la convicción de que lo hacían para salvar a Colombia. Por sus certezas, ambos empuñaron las armas en busca “del bien””, dice.

“No es tan diferente a lo que sucede ahora. Cada colombiano, desde una u otra orilla, se cierra al diálogo y se niega a cuestionar sus posturas ideológicas porque está absolutamente convencido de sus “certezas”, explica.

En las conversaciones que tuve con ambos describían a Valledupar como una ciudad de casas de una planta con jardines amplios, calles ordenadas y limpias.

‘40’ nació allí el 30 de octubre de 1960, en el seno de una familia acomodada que lo envió a Bogotá a estudiar al Colegio San Viator y luego a la Escuela Militar de Cadetes. Como ‘Trinidad’, los socios del Club Valledupar los recuerdan por su buen sentido del humor y su pasión por las mujeres. Como escribió José Eustasio Rivera en La vorágine, jugaron su corazón al azar y se los ganó la violencia.

Palmera es 10 años mayor. Nació el 30 de julio de 1950 en el hogar de Alicia Pineda y don Ovidio Palmera, un prestigioso abogado y dirigente liberal a quien le decían “la conciencia jurídica del Cesar”. Fue viceministro en el gobierno de Mariano Ospina Pérez.

El padre de Tovar Pupo también irradiaba respeto en la región. No solo fue un distinguido oficial del Ejército, sino director departamental de la Defensa Civil.

Los dos jóvenes pasaban sus buenos ratos de esparcimiento junto al viejo y frondoso árbol de mango de la plaza Alfonso López, aunque por las diferencias de edad, cada uno tuvo sus propios amigos. Sin embargo, hay muchas fotos donde se ve a un Ricardo Palmera bailando feliz con las hermanas de Tovar Pupo.

Ambos en su momento estuvieron en los mismos escenarios de animadas parrandas y aunque no se les conoció una relación que fuera más allá, ambos vivieron en la exclusiva calle Santo Domingo, una de las cuatro de la plaza Alfonso López y solían caminar con las muchachas entre las brisas suaves de la tarde o buscando la sombra de construcciones como la iglesia de los Dominicos, levantada en el siglo XVI.

Ahora, cuando ni las Farc ni las Auc existen como grupos armados, ¿cómo se puede analizar en la distancia sus acciones? “Aún es difícil hacer una valoración porque hay muchas heridas abiertas”, dice una investigadora social que trabaja el tema.

“Lo que he visto hasta ahora es que lo que se llama sociedad vallenata, la élite adora a Rodrigo, pero odian a Ricardo”. Ella cree que en el imaginario de muchos caló un discurso que está vigente: “Los comunistas, como les dicen, son lo peor, y todo aquel que piense diferente, que tenga ideas alternativas o de izquierda es guerrillero”.

Para la analista es como un partido de futbol entre la élite que apoyó a los ‘paras’ y la base, la comunidad, que apoyo a la guerrilla. “Lo triste fue que todos perdimos el partido”.

En efecto, a ambos la violencia los devoró en una progresiva degradación. La última vez que hablé, siempre por separado porque nunca se encontraron, los vi tan fieros y decididos a alcanzar la victoria en una dureza que contrastaba con los paisajes tan conmovedores en donde reinaban.

Hoy ambos están en celdas de Estados Unidos y, según han declarado, cada uno reclama tener la razón y el convencimiento de que el equivocado es el otro. Como lo vimos en las redes sociales esta semana, en donde insultó iba, insulto venía.

ARMANDO NEIRA
Editor de Política de EL TIEMPO
​@armandoneira

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