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La Brisca y la tecnología – El Día

Este verano aprendí a jugar a la Brisca. Para quienes no lo conocen es un juego de baraja española de origen francés. Se juega en parejas, se reparten tres cartas a cada jugador y tras ello se coloca una carta boca arriba debajo del mazo que se denomina “triunfo”. Las cartas del palo del triunfo tienen mayor valor que las demás y los jugadores juegan una especie de “guerra” donde intentan obtener la mayor cantidad de puntos que les permitan ganar la partida. Si usted no sabe jugar a la Brisca, pero (como yo) sabe jugar al Truco, probablemente esté pensando lo mismo que yo pensé: “es igual al Truco”. Quien me enseñó a jugar me dijo: “es parecido, pero no es lo mismo”. Yo seguí pensando que era lo mismo. Jugué pensándolo y perdí. Una, dos y tres veces. Trataba de hacer el paralelismo entre la Brisca y el Truco y no podía, y mientras lo hacía perdía partida tras partida (a manos de mi hija de ocho años que, sin saber jugar al Truco, dominó la Brisca a las pocas manos de aprender a jugar).

¿Qué puede tener que ver la Brisca y el Truco con el futuro del discurso y la libertad de expresión en el mundo virtual? El asunto es el siguiente, yo creo que muchas veces cuando discutimos acerca de cómo entender y regular el discurso en la virtualidad incurrimos en el mismo error: tratamos de aplicar las reglas del discurso offline al discurso online. Y nos pasa lo que a mÍ tratando de jugar a la Brisca con las reglas del Truco; perdemos un partido tras otro.

La analogía entre el lenguaje y el juego no es de mi propiedad, Ludwig Wittgenstein la propone en sus Investigaciones Filosóficas (1953): las palabras son equivalentes a las cartas, y los jugadores son los hablantes que obedecen una serie de reglas para hablar, para jugar el juego. Este último es quizás uno de los aspectos más relevantes a tener en cuenta en el debate que nos ocupa: el discurso siempre tiene reglas, su introducción no es una novedad del mundo de las redes (con sus célebres términos y condiciones). Además, no es arriesgado decir que la infracción de las reglas del discurso en el mundo offline, podría acarrear consecuencias mucho más severas que las sanciones que hoy aplica del mundo online. Por otra parte, hay algo que ambos mundos sí tienen en común: muchas reglas están escritas, pero muchas otras no (muchas veces estás últimas resultan más importantes que las primeras, hasta que alguien se da cuenta de ello y las pone por escrito, justo ahí los hablantes se deciden a cambiarlas).

El problema es que, en relación al discurso online, nos empeñamos en plantear los términos de la discusión como si las reglas fueran las mismas que regulan el discurso offline. Tratamos de jugar a la Brisca con las reglas del Truco, o lo que es peor, tratamos de derivar las reglas de la Brisca a partir de las reglas del Truco; cualquiera de los dos intentos está destinado al fracaso y a generar una serie de discusiones con muy poco terreno común. ¿Por qué? Porque en la voluntad de resolver los problemas puntuales, perdemos de vista el dilema de fondo: entender la entidad del mundo online para poder entender cómo funciona allí el discurso. Lamentablemente, lo que sabemos sobre los modos de ser del mundo online nos hace pensar que estamos hablando de un juego nuevo y bien distinto, dónde incluso los naipes, aunque parezcan iguales, pueden ser en el fondo bastante distintos. A continuación, ensayaré una serie de jugadas que quizás puedan señalar algunos de los caminos a recorrer en el debate.

La primera jugada tiene que ver con la entidad política del espacio: ¿el espacio virtual es un espacio público o privado? Nuestros correos electrónicos parecen entrar dentro de la categoría de lo privado, pero redes como Twitter parecen estar más del lado de lo público. Sin embargo, alcanza muy poca indagación para darnos cuenta que nada es tan obvio: Gmail (sus algoritmos) lee nuestros correos y el bloqueo en Twitter puede volver bastante privadas conversaciones públicas. Todo se torna más complejo cuando analizamos casos como la suspensión de la cuenta de Donald Trump. Si decimos que Twitter censuró a Trump y, por lo tanto, atentó contra su libertad de expresión, estamos asumiendo que Twitter es un espacio público. Pero cuando sostenemos que Twitter actuó legítimamente porque aplicó sus términos y condiciones de uso, estamos pensando en la plataforma como un espacio privado que se rige por sus propias reglas. Cuando esta discusión se da sin aludir al problema de la entidad del espacio online, estamos siendo testigos de una partida donde una pareja juega con las reglas de la Brisca y la otra con las del Truco. El resultado es una discusión incomprensible donde todos están condenados a tener razón (en un momento) y no tenerla (al momento siguiente). Quizás resulte obvio, pero nadie gana el partido y todos terminan enojados.   

La segunda jugada tiene que ver con la entidad de los mensajes. En el mundo offline los mensajes no portan (necesariamente) una valoración inmediatamente disponible. Pero, la mayoría de los mensajes online incluyen una serie de métricas que nos hablan de cierto tipo de valoración. Una particularidad de esta valoración es que se expresa fundamentalmente en términos cuantitativos que resultan bastante opacos en cuanto a su correlato cualitativo. La cantidad de “me gusta” en un mensaje no es del todo clara en relación al modo en el que le gusta el mensaje al receptor. Por si fuera poco, en la gran mayoría de los casos la dimensión cualitativa de los mensajes (los comentarios), que podría dirimir el dilema resulta muy difícil de asimilar ya sea por el anonimato del emisor o por la cantidad y complejidad de información disponible para procesar. Además, este tipo de valoraciones inciden directamente en la circulación de los mensajes: a mayor interacción mayor visibilidad. Con esta jugada ya entramos en otro terreno, no sólo estamos alterando las reglas del juego, sino que estamos cambiando el modo de leer e interpretar las propias cartas. Este cambio es mucho más radical de lo que parece a simple vista, lo veremos a continuación.  

La última jugada tiene que ver con la entidad de la palabra. En esto pido disculpas, pero es necesario hacer un poco de historia para entender la real dimensión del cambio al que nos enfrentamos. Nuestra humanidad se define por una diversidad de características. Filósofos (como Ernst Cassirer), historiadores (como Yuval Noah Harari), neuropsicólogos (como Steven Pinker), y antropólogos (como Mark Pagel), parecen estar de acuerdo en que la más importante es nuestra capacidad lingüística. De hecho, es lo que separa a los Homo Sapiens de los Neandertal: la capacidad de formar conceptos abstractos y comunicarse utilizándolos en forma de palabras. Este fue quizás el primer gran salto evolutivo-cognitivo de la humanidad. El segundo tuvo lugar en Sumeria y Egipto y tiene que ver con la invención de la escritura. Hasta entonces las palabras sólo podían estar hechas de sonidos, de allí en adelante las palabras pasaron a tener un segundo tipo de entidad posible: ahora se podía hacer palabras dibujando figuras en distintas superficies, lo inmaterial se materializaba, lo efímero se perpetuaba. Tan revolucionario fue el cambio que muchos emperadores egipcios pensaron que así obtendrían la inmortalidad; que al dejar escrito “Ramsés”, cada vez que en el futuro alguien leyera “Ramsés”, algo de él volvería a la vida (de cierto modo no estaban equivocados, a no ser que usted haya podido evitar pensar en Ramsés tras leer su nombre). Mucho tiempo después Johannes Gutenberg inventó la imprenta y multiplicó exponencialmente la capacidad de transmisión de la palabra escrita, pero no cambió su entidad. Fue en el siglo XX que la palabra volvió a cambiar de entidad cuando encontró un lugar en los (entonces) nuevos medios de comunicación: la radio, el telégrafo, el teléfono y la televisión. Ahora la palabra estaba hecha de energía eléctrica y podía difundirse a una velocidad mucho mayor que cuando sólo tenía entidad sonora o física. Pero el cambio más importante ocurre a fines del siglo XX con la digitalización del lenguaje: en la web la palabra cambia de entidad de un modo nunca antes visto ni pensado, las palabras en el mundo online están hechas de números; y esto no es una metáfora. En el ciberespacio las palabras están hechas de lenguaje binario, unos y ceros. En principio podemos decir: “bueno, eso no es novedad; es el modo en el que el lenguaje puede circular en la computadora, es lo mismo que pasaba con la energía eléctrica”. Hasta hace unos años esta idea podía ser medianamente acertada, pero con la introducción de la Web 2.0. y los algoritmos de inteligencia artificial, esta realidad se convirtió en otra cosa. Gracias a su naturaleza numérica hoy el discurso es operacionalizable, gracias a que la palabra en el ciberespacio está hecha de unos y ceros, podemos transformarla en el contenido de operaciones algorítmicas que pueden ser utilizadas para una enorme diversidad de propósitos. Esta es la jugada que nos muestra que las que parecían ser cartas comunes y corrientes, son en realidad una cosa totalmente nueva: réplicas de nuestras viejas cartas de cartón pero que están hechas de matemática y que pueden utilizarse para calcular todas las jugadas que nuestra imaginación (por ahora solo la nuestra, pero quizás sea sólo por ahora), pueda darse el lujo de proyectar.

Enfrentados a este panorama creo que tenemos (al menos) dos opciones. La primera es seguir intentando jugar a la Brisca con las reglas del Truco. Quizás tengamos éxito y logremos convencer a una cantidad de personas de que así es como se juega. La segunda es darnos cuenta de que hasta esta analogía nos termina quedando corta. Que en lo que tiene que ver con el discurso online, no estamos hablando ni de jugar a la Brisca ni de jugar al Truco: estamos frente a un juego totalmente nuevo. Un juego caótico dónde los jugadores, contando con muy pocas reglas escritas, aprendieron a jugar como pudieron y que hoy muestra infinidad de posibilidades complejísimas de comprender. Podemos seguir intentando decodificarlo en base a nuestras viejas reglas o dar el paso y tratar de entender de qué están hechas esas cartas; quizás tengamos suerte de principiantes y ganemos algún que otro partido.

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