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La huella de Rodrigo Lloreda Caicedo a 20 años de su fallecimiento

La huella de Rodrigo Lloreda Caicedo a 20 años de su fallecimiento

“Ustedes no pueden renunciar. Si se van, se acaban las Fuerzas Militares. Lo que ustedes deben hacer es ir a hablar con el Presidente”. Miércoles 26 de mayo de 1999, despacho del Ministro de Defensa. Concluía un diálogo entre Rodrigo Lloreda Caicedo y el Alto Mando Militar. El anuncio del Comisionado de Paz por varios medios, y sin que se le contradijera, de prolongar de manera indefinida la Zona de Distensión, le rebozó la copa. Sus diferencias en la negociación con las Farc rayaban con principios a los que no estaba dispuesto a renunciar. Era evidente para el ministro vallecaucano, el desinterés de esa guerrilla en alcanzar la paz.

Rodrigo Lloreda no estaba en contra de la paz, nunca lo estuvo. Como no lo están la mayoría de los colombianos. Estuvo en contra de un proceso de buena fe, pero excesivo en concesiones con una guerrilla arrogante y fortalecida, sin interés ninguno en un acuerdo. La silla vacía aquel 7 de enero de 1999 en el parque Fundadores de San Vicente del Caguán, bajo un sol indolente, con invitados nacionales y extranjeros, perplejos, presagiaba lo que vendría. El 20 de febrero de 2002, confirmado el secuestro de un avión de Aires por parte de las Farc, el Presidente Pastrana informaría al país su decisión de dar por terminado el proceso de paz.

El país no tenía muchas opciones más a ensayar la paz, como lo hizo, aunque resultase fallida. Las Fuerzas Militares venían de varios años de golpes y humillación, tenían sus capacidades menguadas. Con enorme esfuerzo se recuperó Mitú, luego que 1200 guerrilleros se tomaran esa capital el 1 de noviembre de 1998, con un saldo de 53 muertos y 45 policías secuestrados. Colombia no tenía cómo llevar soldados al lugar para repeler de inmediato el acto terrorista. De no ser por Brasil, que facilitó el desembarco de tropas para entrar desde ahí, en la noche, a la zona de combate, no se hubiera logrado. Era urgente modernizar las Fuerzas Militares.

Pero no era solo un problema de transporte: se necesitaba una reingeniería. A eso se dedicó Lloreda; a reemplazar soldados bachilleres por profesionales, a revisar el desbalance de una persona con fusil por ocho en labor logística y administrativa, a revolucionar la capacidad de combate aéreo, con helicópteros y aviones artillados. Era la ventaja estratégica comparativa llamada a cambiar la relación de fuerzas con la guerrilla. Todo lo anterior requería recursos. En la visita de Estado de Pastrana a Washington, en septiembre de 1998, se daría la primera puntada del Plan Colombia, al que el país le debe su supervivencia y la seguridad alcanzada.

El compromiso de Lloreda Caicedo con la paz, como un bien supremo, tenía antecedente. Siendo ministro de Relaciones Exteriores del presidente Betancur, se la jugó por la paz en Centroamérica. Tras un discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en octubre de 1982, en el que dijo que no se podía aceptar pasivamente que los países de América Central se convirtieran en un “botín de las ambiciones internacionales”, los cancilleres de Colombia, México, Venezuela y Panamá, constituirían el Grupo de Contadora, que sentó las bases de una solución negociada a una guerra intestinal. El liderazgo de Colombia y el suyo fueron vitales.

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Rodrigo Lloreda era ante todo respetuoso de las instituciones. Ello explica su proceder ante la solicitud de retiro de 16 generales y decenas de coroneles tras su renuncia al Ministerio de Defensa. En ningún momento se consideró un golpe de estado de su parte o de los generales Tapias, Mora, Velasco, Hernández y del almirante García. El ruido de sables fue una creación fantasiosa originada en la Policía, desde donde se ordenó llevar 60 hombres del Comando de Operaciones Especiales -francotiradores y expertos en asalto armados hasta los dientes- y tres Black Hawk a la Casa de Huéspedes en Cartagena. Así recibieron al Alto Mando Militar.

Ese respeto a las instituciones fue el mismo que tuvo cuando paradójicamente demandaron su elección como Designado a la Presidencia, aduciendo que había ocupado la presidencia en condición de Ministro Delegatario. Otro en su lugar seguramente se habría quedado quieto. Pero no, contrató abogado para demostrar que ser delegatario de funciones presidenciales no lo convertía en presidente. Casi lo gradúan de expresidente: fue necesario que el Consejo de Estado designara un conjuez, quien le dio finalmente la razón a Lloreda. Los intereses del país por encima de todo, incluidas las falsas vanidades y honores efímeros. Ese era su talante.

Acatamiento de las instituciones, que practicaba también en el ejercicio político. De ahí su disciplinada militancia en el Partido Conservador, que luego de ungirlo como su candidato presidencial lo dejó solo. En el recuerdo queda una invitación de Álvaro Gómez a su casa, donde le dijo a Lloreda que no aspiraría a la Presidencia; tarde de empanadas, acompañados de sus señoras, que se vería empañada a los pocos días con el anuncio de su candidatura por el Movimiento de Salvación Nacional. Y quedan en el recuerdo la derrota electoral y los días de silencio en la sede de campaña: solo repicaban los teléfonos, eran los bancos a cobrar.

En política no hay amigos sino aliados. Y es dinámica e ingrata en especial con quienes juegan limpio. Eso lo aprendió tarde. Aprendió muy tarde que no debía esperar mayor cosa de su partido, que este había perdido su grandeza y la vocación real de poder; quizá por eso nunca acogió su propuesta reiterada a través de los años de escoger al candidato presidencial por consulta popular para evitar divisiones. División de la que fue víctima. Y aprendió tarde que debía ser más audaz y quizá menos disciplinado; que debía forjar su propio camino. De ser necesario, incluso, al margen de su partido y sus jefes naturales, a los que sirvió con lealtad.

Fue así que decidió, a ultima hora, aspirar a la Asamblea Constituyente, por un movimiento independiente, logrando dos curules, la suya y la de Miguel Santamaría, de origen alvarista. Una mezcla extraña de firmeza en convicciones y capacidad conciliadora hizo de él un gran constituyente. La independencia del Banco Central; la prohibición a ordenar emisiones para cubrir el déficit; la defensa de la propiedad privada; la participación de las regiones con un porcentaje fijo en los ingresos nacionales; la doble nacionalidad y una igualdad vinculante para la mujer fueron algunas de sus contribuciones en esos 150 días maratónicos de trabajo.

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Era lo que llaman un conservador de avanzada. Al tiempo de creer en la autoridad y el orden, en la familia como base de la sociedad, en la aplicación de la ley y en las instituciones, y en la iniciativa privada, era un demócrata y creía en el derecho al trabajo, de asociación, huelga, y en la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas; en el divorcio civil para cualquier tipo de matrimonio; en el carácter familiar de la unión libre y la defensa del medio ambiente como norma constitucional. Estas y otras iniciativas de similar corte las defendió en la Constituyente y a lo largo de su vida, incluyendo su paso por el Ministerio de Educación.

Por eso miles de maestros lo recuerdan con inmensa gratitud. Se propuso dignificar la labor docente. Era una época en la que 50.000 maestros de 145.000 oficiales carecían de título y de la posibilidad de hacer carrera en el sector. Su principal legado en los años de ministro del presidente Turbay fue la expedición por vía de facultades de un nuevo Estatuto Docente y una reforma a la educación superior, que definió los tipos de instituciones, incluyendo las técnicas y tecnológicas, organizó la Universidad Militar y estableció un régimen orgánico para la Nacional. Dos años intensos que le merecieron la Orden de la Gran Cruz de Boyacá.

Pero además de los cargos que desempeñó, incluido los de Embajador de Colombia en Estados Unidos, Gobernador, Senador y Concejal, fue periodista. El País de Cali, diario fundado por su padre, Álvaro Lloreda, un 23 de abril hace 70 años, fue su casa. Fue su director por 16 años; daba línea y sugería temas, incluso caricaturas; se metía en la escogencia de las fotos y en la diagramación y escribía editoriales. El periódico para él, más que una empresa, era una misión. “Es el aporte que podemos nosotros darle a una comunidad y es la forma de enfrentar con valor a los agentes del mal, a las fuerzas negativas que se mueven en nuestra sociedad”.

Sin embargo, más importante que las responsabilidades públicas, que su pasión por la política y el ejercicio periodístico, Rodrigo Lloreda Caicedo era un buen ser humano. Contrario a lo que a veces transmitía, era un ser cálido y afectuoso, conversador y con sentido del humor. Un padre y padrastro extraordinario de siete párvulos, como solía llamarlos. Buen hermano, esposo, y miembro de familia, y un amigo incondicional. Era de lágrima fácil, gozaba con un mal chiste y bailaba bien salsa. Se dormía en misa y en las comidas; se le cerraban los ojos. Se quitaba los zapatos debajo de la mesa, y a veces se le volaba la piedra. Era un perfeccionista.

Han pasado 20 años de ese día aciago en el que el cáncer le arrebató la vida, queriendo vivir. Estaba en el cenit como hombre público y ser humano, pese a tener 57 años. Tiempo en que Colombia ha cambiado mucho y para bien. Los desafíos son enormes, nunca dejarán de serlo. Pero no es el paria de otras épocas ni está ad portas de ser un Estado fallido. Ha sido posible construir paz y progreso a retazos y recuperar poco a poco un país por décadas secuestrado.

De seguir con vida, Rodrigo Lloreda Caicedo habría aportado aún más de lo mucho que hizo. Y de volver a vivir, por un instante, concluiría que su vida no fue estéril, tampoco sus sueños.



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