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“La tecnología humanizada ayudará a recuperar las emociones”

“La tecnología humanizada ayudará a recuperar las emociones”

Hay escritores que difuminan, mezclan y agitan los géneros. Es el caso de Anna Carreras (Barcelona, 1977), que participa en el festival BCNegra porque ha publicado dos novelas en la editorial Llibres del Delicte (felicidades por los títulos de novela negra en catalán). ¿Pero son negras las novelas de Carreras? La primera fue L’ull de l’escarabat (2019) y justo con la pandemia llegó Halley 2042. “En esta hay un asesinato”, remarca la autora, que afirma que cada vez le gusta más el género y la siguiente que publique será aún más negra. Va ennegreciendo conforme va avanzando, pero no deja nunca indiferente.

En el libro, como la peluca que luce, domina el azul turquesa, y su complementario, el fucsia.

Son una estética compartida con películas como Lost in translation o Blade runner. Al mismo tiempo es un homenaje al poeta Halley, que es Santi Balmes, una persona que, aparte de músico, es escritor y me ha enseñado que el sentido del humor aplicado a la escritura hace las cosas más agradables. Este turquesa está entre el sueño y el recuerdo, es un color muy romántico, en el sentido menos cursi de la palabra. Como el presente es un mierdoso y no aporta nada, hemos de tener asideros hacia el pasado, que es el recuerdo, y hacia el futuro, que es el sueño.

El humor

“Santi Balmes me ha enseñado que el sentido del humor aplicado a la escritura hace las cosas más agradables”

Laia y Lluís son dos hermanos antagónicos. Él trabaja de panadero y ella es escritora, y empezó a escribir de pequeña, como usted.

A los cuatro años, empecé con un dietario. Todas mis protagonistas femeninas tienen alguna vinculación con la creación. Lo único que tiene la Laia de mí es la reivindicación del oficio de escritor. Hace más de 20 años que intento sobrevivir a través de eso, y me he sentido bien porque hay una banalización del oficio; como si fuéramos unos colgados que vivimos del aire o de los papás. Que no tengamos un horario o un jefe, no significa que no tengamos un oficio.

El lector puede sentir por Laia más simpatía que por Lluís.

O más compasión, porque tiene un pie en la depresión. Lluís es la caricatura de muchos individuos de 30 años que pretenden seguir viviendo como si tuvieran 15, como los hikikomoris japoneses, encerrados en la habitación, con una sordidez ambiental que solo se entienden ellos, pegados a la tecnología.

La vecina nonagenaria hace muchos ruidos sospechosos por la noche y no deja dormir a Lluís. Se cambian de habitación y ella empieza a escribir un relato que avanza tal como va descubriendo cosas.

Laia también es una caricatura, es la típica pánfila que para escribir necesita salir a la calle, tomar el sol, observar a la gente. Por un fracaso amoroso, se ha quedado sin inspiración. Lee a Ray Bradbury, que le dice que las historias han de tener una verdad y unos hechos extraordinarios. Ella ya tiene verdad, porque es muy honesta con ella y con todo el mundo, pero no vive nada extraordinario. Estos ruidos extraños que oye en el piso de al lado le dan la epifanía para escribir en tiempo real todo lo que va viviendo. Sin querer, se convierte en una investigadora de estar por casa, supercutre, de lo que está pasando, que podría tener una explicación absolutamente normal, pero resulta que no la tiene.

El futuro

“Lo que cuento ya está sucediendo. La novela se podría titular ‘Halley 2023’. En muchos países, la tecnología ya convive con el ser humano de un modo cotidiano”

Poco a poco, la narración traslada al lector a un mundo futuro.

Lo que cuento ya está sucediendo. La novela se podría titular Halley 2023 . En muchos países, la tecnología ya convive con el ser humano de un modo cotidiano.

En este caso, con una presencia del sexo con androides.

Creo que la humanidad ha perdido lo que la caracterizaba, que es la propia humanidad, porque se ha encerrado en la tecnología. Si miramos el skyline de una ciudad, veremos muchos pisos con gente solitaria ante una pantalla. Paradójicamente, creo que la tecnología ha venido para hacernos recuperar esa humanidad que hemos perdido con la tecnología, con lo que la tecnología acabará siendo más humana que el propio ser humano. Dicen que las máquinas nos sacan el trabajo manual, pero yo le doy la vuelta porque lo que es seguro es que la tecnología humanizada viene para ayudarnos a recuperar las emociones perdidas. En Japón ya se han celebrado entierros de muñecas hinchables, porque han compartido emociones y sentimientos con quien sea.

Se añade otro personaje, Ovidi.

Es la caricatura de los chicos y chicas que van sin rumbo por la vida, que han abusado de las drogas, que no han sabido crecer como personas, con una autodestrucción voluntaria, como pasa con mucha otra gente.

¿Esa autodestrucción está asociada con la tecnología? Porque las drogas ya empezaron en la época hippy.

En aquella época, las drogas eran euforia; ahora son evasión, y evasión significa encierro. En el caso de Ovidi, como ha perdido cualquier capacidad de amar y no acepta un no por respuesta, como le pasa a mucha gente, cree que solo una máquina la podrá programar para que le diga el sí que quiere oír. Se crea un amante a medida.

¿Y eso nos puede hacer más humanos?

Estoy segura. No para programar máquinas que nos digan que sí a todo, sino porque podremos revivir, mediante un microchip, los pocos momentos felices que hemos tenido a lo largo de la vida. Lo dice Guille Milkyway, de La Casa Azul, que es otro referente de este libro, aunque lo descubrí después de haberlo escrito.

Son personajes no muy felices, por otra parte necesarios para que haya literatura.

Los personajes felices, como la gente feliz, son muy aburridos y provocan vómito. Hacen falta personajes que no sean felices, y si los autores fueran felices, tampoco tendríamos libros. Cuando pasamos por épocas que estamos muy bien, los escritores no creamos un producto bueno. Si hay un descalabro, ni que sea una pequeña crisis, creo que sacamos más jugo de una emocionalidad a flor de piel.

La literatura

“Hacen falta personajes que no sean felices, y si los autores fueran felices, tampoco tendríamos libros”

¿Ha sufrido un descalabro?

Escribo Halley 2042 un verano porque siento la necesidad de matar a alguien. Y como si lo hacía, habría ido a la trena, escribí este libro y me lo pasé de narices. Nuestro oficio es muy puta.

¿Es una escritura liberadora?

Si no escribo, no sabría hacer nada más. Sería muy inútil, como Ovidi. Escribir me impone una disciplina, un orden mental y una imaginación, que son tres facultades que me gusta cultivar.

Los personajes presentan muchas caras.

Las múltiples personalidades es un tema muy actual. En las redes sociales, la gente es hipócrita, miente. El caso más flagrante es el personaje de Louis Serveur, que presenta una identidad falsa en Facebook. He caricaturizado muchos personajes que corren hoy por el mundo.

¿Necesitamos tener muchas caras?

Hay gente que sí. Ser de una sola pieza es bastante aburrido y por eso nos gusta adoptar diferentes personalidades, porque todos tenemos muchas voces dentro. Ahora, si creas un personaje para falsear la esencia del original, es lamentable. Pero no cuando son creativos. El amo es David Bowie.

¿Cómo clasifica Halley 2042 ?

Es un libro que intencionadamente mezcla géneros para que no se pueda clasificar. Marc Moreno, el editor, dice que mis dos libros le gustan porque ennegrecen en un sentido psicológico, de inquietar al lector. En mis novelas no aparecerá nunca un cadáver en el primer capítulo, ni una Miss Marple que investigue, ni habrá policías. Eso no me interesa, me interesa el thriller psicológico y, en este caso, sí, hay un asesinato.

¿Cómo ha escrito este thriller psicológico?

He querido introducir en la novela negra un componente psicológico y un sentido del humor que no se suele encontrar. Lo que había escrito antes era una pedantería y solo me gustaba a mí y a nadie más. Bajé el tono y entendí que estaba escribiendo para alguien y que me gustaría que ese alguien me entendiera. Lo entendí cuando leí y traduje a Santi Balmes y Adrià Pujol, que me instruyeron en el humor como base de cualquier relato.

Se gana la vida escribiendo, traduciendo y corrigiendo.

Una vida precaria.

Traductora de Elena Ferrante

“Cuando traduces, entras de puntillas en el laboratorio del autor y te llevas un frasco para utilizarlo tú”

Ha traducido al catalán cuatro novelas de Elena Ferrante.

Creí que, como era un best seller, la rechazaría, por prejuicios absurdos. Pero cuando te das cuenta de que es uno de los pocos best sellers que contiene una calidad literaria bestial, un psicologismo bestial y que es la Rodoreda italiana, por decir algo, entonces me empezó a gustar. Pero tiene mucha dificultad porque mezcla el italiano estándar con el napolitano, y aquí sí que te cortas las venas en diagonal. Costó mucho pero la gente me ha comentado que en catalán queda fluido.

¿Le influyen las traducciones a la hora de escribir?

Procuro no mimetizar y no imitar, pero sí es cierto que entras en su laboratorio, en el laboratorio de todos los autores que he traducido, entras de puntillas y te llevas un frasco para utilizarlo tú.

¿Le gusta hacer crítica cultural, literaria y artística?

Me siento muy a gusto. No tengo ningún filtro y, si detecto un plagio, lo digo con altavoz. No procuro ser objetiva ni subjetiva, sino estar en el equilibrio de lo que yo leo, y no deja de ser mi opinión personal. No me han censurado nunca una crítica.

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