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Buenaventura: 21 kilómetros de cadena humana para defender a Buenaventura - Cali - Colombia

Las lecciones del poder popular de Buenaventura

Por: Andrés Felipe Salazar Ávila

Llama la atención que en diferentes encuestas de opinión (Invamer, Gallup, Guarumo), donde se sondea la intención de voto para las elecciones presidenciales de 2022 y la favorabilidad de varios líderes políticos, el nombre de Francia Márquez, reconocida lideresa social, ambientalista y defensora de derechos humanos, no aparezca ni siquiera en las opciones a responder. Esto, a pesar de que el pasado 25 de agosto, ella anunció su intención de aspirar a la Presidencia de Colombia. Y lo peor de todo, es que no hubo reacción alguna.

Esta invisibilización no es exclusiva del debate electoral que día a día se da en redes sociales. Basta con ver casos como el exterminio de la Unión Patriótica y A Luchar, para darse cuenta del desinterés que las élites políticas de este país han tenido hacia los procesos comunitarios y la participación popular. Esto, sin contar la desatención que también los analistas políticos de medios han tenido sobre este asunto. Por eso, y a modo de reflexión, quiero señalar algunas dimensiones de los procesos políticos desde abajo, que se dan desde lugares como Buenaventura y el Pacífico colombiano, y que pueden contribuir a repensar el debate político nacional.

Para iniciar, quiero traer a colación una experiencia que viví en la marcha del 21 de noviembre de 2019 (21-N) en Bogotá. En pleno recorrido hacia la Plaza de Bolívar, miles de manifestantes cantábamos y repetíamos una arenga de los movimientos cívicos de Buenaventura y Chocó, y organizaciones sociales del Pacífico colombiano y latinoamericano: “Vamos pueblo carajo. ¡El pueblo no se rinde carajo!” Mientras este canto se repetía una y otra vez en el trayecto, la repetición del repertorio generaba algo que vale la pena resaltar: la construcción de una emoción colectiva. En este caso de rabia e indignación dirigidas hacia el gobierno de Iván Duque y hacia la violencia que azotaba, para ese instante, al país.

¿Y por qué vale la pena resaltar esto? Porque esta consigna de la movilización social de las poblaciones afro del país logró algo que los sectores de oposición –blancos y citadinos- del actual gobierno aún no consiguen, aunque sea por un corto tiempo: el consenso sobre un objetivo fundamental como es el rechazo y la búsqueda de un cambio al régimen político actual. Y lo más interesante, se logró esa unidad desde una dimensión afectiva de la rabia, no necesariamente desde un ámbito racional o desde la imposición de una doctrina de la “moderación”.

Un segundo aspecto que quiero resaltar de los procesos comunitarios del Pacífico colombiano es su dimensión de la política como un acto de servicio. La semana pasada falleció Héctor Espalza, obispo emérito de Buenaventura. Fue muy recordado en esta ciudad, por sus recurrentes denuncias en contra de las violencias ocurridas en este territorio, tales como las casas de pique, las desapariciones masivas y las masacres, entre otros hechos, producto de acciones ejecutadas por bandas delincuenciales, narcotraficantes, guerrillas, paramilitares y miembros de la Fuerza Pública. Además, fue un constructor de paz, quien desde la Pastora Social de Buenaventura gestionó programas para que cientos de jóvenes de este municipio no cayeran en manos de los grupos armados. E incluso, en 2014, convocó a unos plantones masivos para rechazar la violencia y las desigualdades que azotaban al distrito.

En resumen, su trayectoria fue coherente con la doctrina católica que profesaba: estar al servicio de los menos favorecidos y luchar por un mundo más justo, incluso poniendo su vida en riesgo. Tal vez en épocas donde los egos individuales de diferentes sectores alternativos –y de poderes tradicionales- se sobreponen al interés colectivo, este tipo de experiencias de carácter popular pueden ser útiles para repensar las prioridades programáticas, de cara al futuro.

Un último punto al que quiero referirme es la superación del falso dilema entre la democracia representativa –o electoral- y la democracia participativa, que se materializó en las últimas elecciones locales de Buenaventura. Orlando Fals Borda, un reconocido sociólogo colombiano, planteaba que los sectores socialistas, o alternativos al poder hegemónico en los años ochenta, caían en una trampa: separar el ámbito electoral del campo popular. Esto hacía que las organizaciones comunitarias y los movimientos sociales no tuvieran un largo alcance, o fueran presa de las redes clientelares de los partidos tradicionales. Cuestión que ponía –y sigue poniendo- en riesgo, la autonomía popular.

Precisamente la elección como alcalde de Víctor Vidal, un líder social y defensor de derechos humanos y afro, con una trayectoria de más de 30 años en el campo popular, puede ser interpretada como una forma de conciliar el poder popular con la política electoral. Conciliación que, al fin y al cabo, puede abrir una puerta para superar el poder de las maquinarías políticas tradicionales, la corrupción y la presencia ineficiente del Estado.

Hablar de Buenaventura y del Pacífico colombiano causa dolor e incertidumbre, ante la violencia que cada día azota con más fuerza a estos territorios. O incluso genera indolencia, como se vio en las posiciones de Paola Ochoa, periodista de Blu Radio, quien estaba más preocupada por el cierre del puerto que por la integridad de los bonaverenses. Sin embargo, hablar de la participación popular en Buenaventura es una oportunidad para rescatar del olvido a aquellos procesos comunitarios y liderazgos sociales, que fueron silenciados por las armas, o por la indiferencia de nuestra sociedad, y que son fundamentales para construir un país más igualitario, justo y plural.

El Espectador

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