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Memelandia

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Delirium tremens

Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Ya casi nadie escribe lo que piensa. Basta con buscar o replicar un meme y listo. Ahí está el pensamiento y el sentimiento expuestos. Compartidos. Pensar es difícil y eso lo saben hasta los que no tienen ideas propias, sino copiadas. Sí que lo saben. La reflexión es tan escasa como la argumentación, como la verdad o la honestidad, como los valores.  Por supuesto que, como en un libro, podemos identificarnos con una frase enviada a través de las redes -con algo de diseño- y compartirla, pero la deliberación y el asumirla como un proceso inacabado, es lo que hacen de cualquier opinión una apuesta personal. Falta la avalancha de los Reyes Magos claro, pero con los memes de Navidad y Año Nuevo queda uno más hostigado que el hígado después de esta temporada de felicidad impuesta. Pero no resulta extraño, esta impostura de alegría que estamos a punto de superar, emerge como el homenaje cumbre con el que se despide la falsedad cotidiana. Yo confieso: también comparto memes, algunos los comento y otros, los realizo.

Decía el político inglés Benjamín Disraelí -todavía no sé si en un acto de suprema sensatez o soberbia– que cuando quería leerse un buen libro lo escribía. Pues bien, los cartelitos (excelentes, buenos, regulares o malos) son producto de una inteligencia ajena que la mayoría asume sin dar crédito alguno. Una habilidad que en el pasado corría por cuenta de los juglares, los escribanos, los voceadores o en épocas más recientes, las credenciales de Timoteo o cualquier otro muñeco. Citar los autores es algo que rara vez aparece en el mundo de la nueva memética, esa transferencia de información cultural que nos avasalla a veces sin darnos cuenta, porque suele atacar el inconsciente. Bueno, y también porque no se firman los memes como los libros, las canciones o las obras de arte en general. Esa es una de las muchas características de la virtualidad: nadie sabe quién es la fuente de las ideas que se envían y reenvían como una carta donde todos somos destinatarios.

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Hay días en los que por cuenta de la viralidad el mismo meme nos llega ene veces. Solemos tener contactos con intereses o perfiles similares. Todos lo comparten como una idea original y novedosa, como eso propio que los define y los representa. Y entonces se confirma que las mayorías actúan casi de la misma forma. Que tienen (¿tenemos?) unos patrones de comportamiento y ‘pensamiento’ similares. Eso lo saben los políticos y los estrategas de sus campañas que a través de la inteligencia artificial conocen más a las poblaciones que las personas a sus vecinos, familiares o parejas. La cuestión es que eso que se multiplica como una gripa nefasta, se viraliza como un contagio invisible y letal, se generaliza  como una verdad absoluta. Y es allí donde valdría preguntarse qué nos dice este fenómeno social de información que sin duda toma ribetes comunicacionales.

Si las personas aplicaran en su vida un mínimo porcentaje de las ideas que comparten en sus memes, este sería un mundo mejor. La persona mentirosa comparte frases sobre la verdad y la deshonesta claro, ni más faltaba, sobre el valor de honestidad. La infiel sobre la fidelidad y la impía sobre la religiosidad. La floja sobre el emprendimiento y la apegada sobre el aprender a soltar. Ya no hay psicólogo o terapeuta que valga. Basta ´navegar’ y encontrar la recomendación, la frase, la idea, la solución que diga eso que la incapacidad reflexiva no permite decir, porque no se tiene la capacidad de definir aunque se haya pensado. O peor aún, robar esa idea de un estado, de un muro, de una red y apoderarse de ella para descrestar incautos. Insisto, si en un libro o en una red hay una idea interesante, vale retomarla, pero para enriquecerla, para comentarla, para hacer de ella un principio y no un final. Como las recetas, dinamizarlas con ingredientes propios. Que no solo circule la información, sino también el pensamiento crítico y la reflexión personal.

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Puedo contar con los dedos de una sola mano -y me sobran- los mensajes originales recibidos en estas navidades aciagas. Dos textos y un audio. Redacciones excelsas sobre todo este embeleco de los deseos de felicidad y prosperidad que no debemos dejarle solo al nuevo año -que es solo tiempo-sino a las personas. No es el calendario el que decide, somos las personas. Y en eso se centran estos mensajes que serán inolvidables, porque no fueron un pantallazo reenviado, sino una insuperable expresión del alma que comunica. Escritos que demuestran no solo conocimiento del oficio, sino del destinatario y del momento de su vida. No podrían ser para otra persona, porque su contenido se configuró porque me conocen y quieren. Mensajes únicos e irrepetibles. El audio, es una improvisación excepcional en la voz de un amigo que me sorprendió por su capacidad oratoria. Sé que no estaba leyendo, porque las particularidades de su mensaje eran tan puntuales como maravillosas. No como esos memes de “Te lo digo Juan para que lo entiendas Pedro”.

La mayoría de los memes son una máscara, una impostura, y en el peor de los casos, una indirecta que ratifica la debilidad ética, moral y hasta espiritual de quien no es capaz de decir las cosas de frente. Ellos le gritan al mundo indefinido de lo virtual la imagen de sí que ese ser humano quiere proyectar y que suele estar lejos de la realidad propia. Habrá identificaciones ciertas e imaginarios que representan lo que ese ser le dice a los demás, al otro que es la sociedad y la verdadera existencia. No porque se viva del qué dirán, sino porque la vida misma es posible en relación con el otro. Esa es la divinidad y de alguna manera la fe. Somos en esencia por el otro. Y no es dependencia, sino complementariedad. No hay padres sin hijos. Pero como no hemos sido educados para amar el dolor o el fracaso, por ejemplo, entonces se inundan las redes con frasecitas motivacionales de pacotilla. No hay que leerse toda una enciclopedia de filosofía para saber que el dolor no es el fin, sino un comienzo para proceder distinto. Una conveniencia que no solemos atisbar.

Mención especial merece el humor. Mejor digamos los chistes o chascarrillos visuales o sonoros que a través de los memes reaccionan con una asombrosa velocidad que raya en la inmediatez. Y esos sí que se multiplican como el chisme en los pueblos. Algunos ya son plantillas que como la sábila sirven para todo. Para el fútbol o la religión. La política o las relaciones. El amor o el sexo. La inteligencia o la irracionalidad. La nostalgia o la esperanza. La Navidad o el Año Nuevo. Y claro, los Reyes Magos o el incienso, la mirra y el oro. Más que hacer reír visibilizan al emisor. Lo proyectan y de alguna manera también lo desnudan en la realidad que se deja ver en el envío desde ese mundo cibernético impersonal y anónimo. Y aquí realidad es algo tangible y cotidiano, no esas divagaciones filosóficas sin respuesta por los siglos de los siglos. Los memes son la nueva especie de comodín social que como el refrán habla no de forma literal, sino simbólica y agazapada. Es un repertorio que no verbaliza aunque se lee, que no asegura aunque se dice y que no se cree aunque se asegure. Pensándolo mejor, por qué asombrarse si así es la vida en Memelandia.

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