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Valentina Kuleshova, de 85 años, es una famosa bloguera del sur de Rusia. Cuelga en Instagram fotos de sus recetas y cuenta historias de la Segunda Gerra Mundial. En la imagen, se toma una selfi en su cocina.

Nativos e inmigrantes digitales: la brecha generacional se acentúa con la tecnología | Tecnología

Durante los años 80 y 90, muchos progenitores observaron la peripecia tecnológica de sus hijos a distancia. Les apoyaron, proveyéndoles de ordenadores, videojuegos o clases de informática, pero, si no era por trabajo o tecnofilia acusada, permanecieron al margen: aquellas nuevas tecnologías eran propias de la juventud, y tocaba quedarse en lo conocido: televisores, vídeos VHS, teléfonos inalámbricos, lavaplatos.

Pero hete aquí que a mediados de los 90 llegó aquel Internet de módem rugiente y el mundo empezó a cambiar de forma vertiginosa, en todos los ámbitos y para todas las personas, tuvieran la edad que tuvieran. Se generó una brecha intergeneracional que dividió a una sociedad cada vez más digitalizada y completamente dependiente de un nuevo órgano de nuestro cuerpo: el smartphone. ¿Cómo se relaciona ahora cada generación con la tecnología?

Para tratar esos abismos se definieron nuevas categorías. Por un lado, los nativos digitales, esos jóvenes nacidos (aproximadamente) a partir de 1990, que se han desarrollado desde la cuna en un ambiente tecnológico: se mueven con soltura en el espacio virtual, están hiperconectados y son partidarios del “hazlo tú mismo”. Por otro lado, los inmigrantes digitales: las generaciones mayores que provienen de aquel lejano mundo anterior, calmado y analógico, preInternet. Están involucrados en la tecnología, claro, pero de una manera más ortopédica y menos instintiva. Muchas veces se sienten incómodos o fuera de lugar, como si el tren fuera demasiado rápido o no estuvieran invitados a esta fiesta.

Más finamente, un estudio del Icemd, el instituto de innovación de la escuela de negocios ESIC, define hasta seis generaciones en relación con la tecnología atendiendo a cómo se comunican, cómo consumen contenidos o cómo compran. La generación silenciosa (nacida entre 1925 y 1944) es la menos familiarizada con la tecnología, la que más asesoramiento necesita, la más expuesta al fraude y menos acostumbrada a los conceptos de privacidad. Los baby boomers (entre 1945 y 1964) suelen tener deseos de participar en la vida digital y, de hecho, se han unido a redes sociales, en especial Facebook, y a las plataformas audiovisuales. El 42% de los padres españoles consulta regularmente sus dudas tecnológicas a sus hijos ya independizados, según una investigación de la empresa de ciberseguridad Kaspersky. El 16% de los padres echa más en falta los conocimientos tecnológicos de sus hijos que su compañía.

A continuación, según el citado estudio, realizado por Coolhunting Consulting Group, se suceden otras generaciones cada vez más integradas en el hecho tecnológico, como la generación X (1965-1979) o los millenials (1980-2000). Son adultos que trabajan, compran y realizan actividades a través de la tecnología con toda normalidad. Las más jóvenes y ya plenamente digitales, son la generación Z (2001-2011), que va abriendo camino con sus innovaciones, la adicta a los memes, a las selfis, a los emojis y a todo el colorido pixelado (y la que menos capacidad de atención conserva); y la generación Alpha (desde 2012), niños pequeños cuyo desarrollo ya está completamente vinculado a las pantallas, con la incertidumbre y preocupación que ello genera, al no estar claro cuánta exposición a la tecnología es necesaria y beneficiosa para los más pequeños. ¿Estaremos criando adictos posthumanos?

Buscando espacios

Las generaciones más jóvenes suelen ser tecnológicamente incomprensibles para las más adultas, que siempre van a rebufo. Porque la tecnología no solo sirve como herramienta, sino como forma de generar una identidad, como estilo de vida, como manera de estar en el mundo. Cada uno busca su lugar y a veces el panorama tecnológico se estratifica por edad. “Los jóvenes necesitan sus espacios y siempre van huyendo de los mayores, que quieren ser jóvenes”, explica Jorge Benedicto, catedrático de Sociología de la UNED y expresidente del Comité de Investigación en Estudios de Juventud. “Se ve, por ejemplo, en redes sociales: se fueron de Facebook para recalar en Instagram, del que ahora se mudan a Snapchat, TikTok y otras aplicaciones”. La tecnología es hoy una forma de identificación y diferenciación como para otras generaciones fueron la música o la forma de vestir.

“Los jóvenes se sienten más cómodos en el mundo del futuro, y así generan en los adultos una cierta inseguridad, porque estos no dominan del todo la tecnología, la cultura digital y las nuevas formas de comunicación”, señala Carles Feixa, catedrático de Antropología de la Universitat Pompeu Fabra. Según la edad, por ejemplo, hay quien no entiende el código comunicativo de los youtubers o streamers más famosos, que les puede resultar atropellado y banal. Uno de ellos, Ibai Llanos, tuvo más audiencia en Nochevieja que las campanadas tradicionales emitidas por televisión: le vieron medio millón de personas. Muchos miembros de las generaciones más mayores ignoran su existencia. Este cisma cultural podría incluso generar cierta juvenofobia, como a la que asistimos en los últimos tiempos con el trato público a las nuevas generaciones durante la pandemia, tachadas de irresponsables y alocadas. “Podría ser una reacción defensiva frente a las nuevas hordas que están en la frontera”, añade Feixa.

Eso sí, la tribu de los nativos digitales no es homogénea. “Hay diferencias importantes, algunos no quieren saber nada de la tecnología a no ser que sea imprescindible”, apunta Jordi Busquet Duran, profesor de sociología de la Universitat Ramon Llull y responsable de la red de investigación Eidos. Incluso, según afirma, puede haber, dada la velocidad de los cambios tecnológicos, un desfase entre los hermanos pequeños y los mayores. “Y no solo cambia la capacidad tecnológica, sino los modos de uso, las formas entre relacionarse entre las personas”, dice Busquet. “Eso también influye en la brecha digital que es, al fin y al cabo, una nueva forma de desigualdad”. El factor más importante en esta desigualdad no es el socioeconómico, aunque también importa, sino el nivel cultural y de formación tecnológica.

‘Age tech’ y ‘silver economy’

El baby boom generó un gran mercado de personas jóvenes a las que venderle bienes y servicios: así nació la cultura juvenil, estéticas, música e ideologías que surgieron en los tempestuosos años 60 y cuyo espíritu todavía impregna a la sociedad, en forma de modernidad cool. Ahora la pirámide poblacional se está invirtiendo: cada vez habrá más gente mayor. Y a ella se dedica la silver economy. “Al menos en tiempos no covid, los mayores de 50 años tienen mayor poder adquisitivo, más tiempo disponible, mejor reparto entre el trabajo, ocio y consumo, o mayor predisposición a socializar”, explica el sociólogo Juan Carlos Alcaide, profesor de ESIC y autor de Silver economy. Mayores de 65: el nuevo target (Lid Editorial). Dentro de esa economía se cuenta lo tecnológico, cada vez más enfocado a todas las edades y que siempre ha tratado de simplificar su funcionamiento para llegar a más franjas demográficas. El aumento de la longevidad, el retraso del deterioro físico y mental y el envejecimiento activo, que promueve cumplir muchos años sin dejar de participar y disfrutar de la vida, son otros ingredientes de este cóctel.

A mejorar la vida de las personas mayores se dedica la age tech. “Las nuevas tecnologías pueden ayudar a combatir la tremenda epidemia de soledad mediante aplicaciones de comunicación, y también pueden ayudar mucho en el ámbito de lo que ya se llama telesalud”, dice Alcaide. Con la tecnología se puede, por ejemplo, monitorizar los datos biométricos de una persona y dar asistencia médica a distancia. La robótica, la domótica, la inteligencia artificial o la realidad virtual también pueden hacer más llevadera la vejez.

En el peor lado del asunto, “nos enfrentamos a un verdadero drama demográfico, relacionado con las pensiones y el colapso de la salud pública”, explica Alcaide, “probablemente parte de la solución esté en la tecnología: ante este panorama hay que invertir de forma pública y privada en innovación”. Las personas mayores serán las usuarias de esas tecnologías, de las que extraerán cuidados, asesoramiento y confort en su propio hogar.

La pandemia ha acelerado la digitalización de la sociedad y fomentado la extensión del teletrabajo, de modo que las diferencias en el uso de la tecnología entre generaciones podrían limarse. ¿Será esta brecha digital puntual en la historia y cesará cuando todos seamos nativos digitales? Teóricamente podría ser así, aunque el gradiente tecnológico y cultural es tan acusado que la brecha podría perpetuarse hasta convertirse en una constate.

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