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Necesitamos educarnos para la incetidumbre | Economía

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Necesitamos educarnos para la incetidumbre | Economía

Con el objetivo de reducir los miedos de las personas en la pandemia y, sobre todo, dilucidar las tendencias que van a tomar fuerza en los próximos años, Omar Orostegui, el politólogo y experto en asuntos urbanos contemporáneos, lanza el libro ‘La nueva anormalidad’, buscando contribuir a la “educación para la incertidumbre”.

¿Cree que después de un año ya estamos más adaptados a convivir con el virus de Covid-19?

Yo creo que no hemos tocado fondo. Le hemos apostado todo a las vacunas como solución, pero hemos pasado por alto el origen de la pandemia, y es que, si este virus se presentó cuando menos lo esperábamos, perfectamente a futuro van a surgir más.
Entonces hay que estar preparados y tener la capacidad de vivir en contextos de incertidumbre, ya que siempre nos habían educado para la certidumbre.

El que viene va a ser un mundo muy cerrado, no nos extrañemos si empiezan a exigir no solo certificados de vacunación en un visado, sino que pidan nuestra historia médica para poder viajar, o pongan más trabas para exportar bienes y servicios. Viene mucha renegociación del TLC.

¿Cuáles continuarán siendo las mayores transformaciones en el empleo y la economía?

El teletrabajo va a trascender las fronteras físicas. Una empresa podrá tener un diseñador que viva en Sidney, otro en Colombia y otro en Indonesia, incluso se podría tener una productividad 24/7, lo que representa ventajas en términos de remuneraciones, aunque estas serán acordes al costo de vida de la ciudad del trabajador. También habrá una demanda por nuevos perfiles asociados a temas tecnológicos.

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En cuanto a la economía, hay que tener presente que la desaceleración es también consecuencia de la intervención del Estado para reducir la propagación del virus, lo que dejó cosas negativas.

En muchos países la recuperación económica se ha financiado con deuda pública y hay que mirar las implicaciones que va a tener financiar esa deuda, junto con los esquemas que van a tener que pensar los países para poder cumplir con sus obligaciones y mantener la valoración en confianza general y con las entidades crediticias en un ambiente de incertidumbre.

Si antes de la pandemia ya había descontento social en varios países, ahora se va a incrementar y la desaceleración tendrá un impacto particularmente en jóvenes y mujeres, que han sido los más afectados.

¿Cuál ha sido el papel de la tecnología?

Está claro que este es uno de los sectores ganadores. Vimos en este tiempo cómo crecieron las compras electrónicas, el uso de domicilios y el sistema de bancarización digital.

Pero también hay evidencia de que aquí hay iniquidades porque no todo el mundo puede acceder a la tecnología. Las herramientas tecnológicas tienen un costo y esto evidencia que hay brechas entre varios grupos poblacionales.

Estamos viendo que hoy tanto el sector privado como el público necesitan mejor información y de allí que en los próximos años crecerán las inversiones para el manejo de Big data, la creación de algoritmos y la curaduría de datos para entender mejor al consumidor y a la ciudadanía. Pero el manejo de la información también va a generar tensiones en la privacidad.

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¿La cultura y el turismo tienen el futuro más difícil?

Los sectores más golpeados fueron los que dependen de la aglomeración y de la interacción humana, y aunque todos saldrán adelante, lo que va a marcar la pauta es el ritmo.

Claramente son los más afectados y aunque han tenido diferentes estrategias para adaptarse, aquí experimentaremos una incursión de nuevos desarrollos tecnológicos como la realidad virtual aumentada para casos como el de conciertos.

La industria el turismo también es una de las impactadas porque vivían de la interacción, pero el turismo hacia países como el nuestro se va a incrementar porque será más rentable, a diferencia de nacionales que quieran ir a Europa o hacia Estados Unidos.

¿Entre las cosas buenas que trajo el coronavirus estaría la mayor consciencia por el medio ambiente?

Sí, y en parte lo que vamos a ver en un futuro es un cambio de narrativas donde las políticas a favor de la infraestructura y los negocios verdes van a crecer. Eso se explica porque la gente va a ser más consciente del el rol que juega el equilibrio con los ecosistemas. También va a haber interés en las energías renovables, la ecoconstrucción y el ecourbanismo.

Sin embargo, hay que analizar la otra cara de la moneda y es que la demanda por energías renovables y por automóviles eléctricos también va a generar un aumento por la minería de ese tipo de minerales que están asociados a las baterías.

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Y también tenemos que mirar aspectos como el proceso de transición donde si cada vez más gente utiliza carros eléctricos tendríamos que adaptar las viviendas y las electrolineras.

¿Y en educación?

La educación nos tiene que preparar para tomar decisiones en contextos de incertidumbre. También vamos a ver una educación mucho más flexible en donde van a entrar nuevos actores a competir.

Demostrar que es posible recibir clases de manera remota abre la posibilidad para que las personas opten por estudiar más allá de las fronteras físicas. Entonces vamos a ver la incursión de universidades extranjeras en el mercado educativo local.

Pero eso planteará un desafío en términos regulatorios como las acreditaciones de estudios virtuales. Eso va a cambiar mucho el sistema de la educación, sobre todo el superior.

Y otra serie de tendencias acá son la flexibilidad de los currículos, la demanda de nuevos profesionales y la certificación por competencias.

En educación básica y media veremos mayor oferta de servicios de Home School. Sin embargo, también soslaya la importancia de la interacción humana que se da en los contextos educativos y eso se puede estar perdiendo, con el correspondiente impacto en la salud mental y las competencias blandas.

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