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Ojo de buen cazador – Noticias de Colombia

por Redacción BL
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Con la entrega hace unas cuantas semanas del prestigioso Booker Prize inglés a Paul Lynch por su novela “Prophet Song” clausuramos esta temporada de premios literarios. Y aunque ahora toda la prensa especializada se desviva en halagos hacia ella, la verdad es que en agosto, cuando su nombre se coló en la lista de finalistas, nadie la conocía (empezó a distribuirse en Estados Unidos hace 20 días y justamente por haber ganado) e, incluso, después de eso las quinielas apuntaban con fuerza hacia otros candidatos como “The Bee Sting” de Paul Murray (incluido por The New York Times en su selección de los mejores libros del año) o “This Other Eden” de Paul Harding (Pulitzer 2010). ¿Por qué? Sencillo. Su editorial, OneWorld, es pura humildad y, se creía, no tenía la maquinaria necesaria para forjar un campeón.

Por ello, el premio concedido a Paul Lynch no sólo encumbra a la literatura irlandesa tras 16 años de sequía, sino que también constituye un reconocimiento a todas las pequeñas editoriales independientes que, como mineros artesanales, se meten en la corriente de manuscritos con los pies descalzos y buscan con las manos desnudas entre el sedimento esperando atisbar alguna viruta de oro que haga valer todo el esfuerzo. Un trabajo hercúleo tratándose de una industria con productos que no son de primera necesidad y donde las fusiones y adquisiciones internacionales vienen consolidando una suerte de oligopolio que con el tiempo resulta cada vez más difícil de disrumpir.

Afortunadamente, parece que esta tendencia redentora comienza a ganar fuerza. Ya por 2012, desde Estocolmo nos sorprendieron con el Nobel del chino Mo Yan, un autor en las sombras del que sólo daban razón en Kailás, la valiente editorial que para entonces ya había publicado cinco de sus novelas. También tenemos el caso de Pre-Textos, quienes creyeron en los versos de la neoyorquina Louise Glück (Nobel 2020) más de una década antes de que la invistieran con la gloria sueca o el de Cabaret Voltaire, quienes previo a que la auto ficción de la francesa Annie Ernaux (Nobel 2022) fuera elevada al Olimpo literario, ya habían impreso, a cuentagotas y durante más de un lustro, ocho de sus grandes éxitos. Por no mencionar a De Conatus, quienes están teniendo la mejor de sus Navidades por el acierto de haber fichado a Jon Fosse (Nobel 2023) cuando no estaba en el radar de nadie en Hispanoamérica.

Para 2024 sería bonito un Nobel para la china Can Xue y sus amigos de Hermida Editores, uno para el rumano Mircea Cărtărescu o la guadalupeña Maryse Condé que haga saltar de alegría a todos en Impedimenta o cualquier otro que consiga redimir la labor silenciosa de tantos sellos maravillosos que producen libros con tal amor y atención al detalle como Acantilado, Rayo Verde, Ático de los Libros, Periférica o Libros del Asteroide (una de mis favoritas). Sería un hermoso acto de auténtica justicia poética con equipos de trabajo que consiguen extraer petróleo de las piedras, un homenaje de la Divina Providencia a su ojo de buen cazador. Cruzaremos los dedos.

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