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domingo, junio 7, 2020

¿PALCO O LUNETA?

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Ernesto Ramírez
Ernesto Ramírez
Nacido en el puerto de Buenaventura, Ernesto Ramírez hizo sus estudios de secundaria en el colegio Semario San Buenaventura. Estudió Comunicación Social Periodismo en la Universidad del Valle de Cali, hizo una especialización en Gerencia para las artes en el Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali e hizo un asociado en Liberal Arts en Hostos Community College del sistema de universidades públicas de la ciudad de Nueva York. Por más de 18 años, Ernesto Ramírez trabajó en el canal regional Telepacífico como editor y realizador de televisión, para luego trasladarse a la ciudad de Nueva York donde ha trabajado en el campo de la salud, haciendo prevención y educación en VIH e infecciones de transmión sexual dentro de la comunidad latina de la Gran Manzana. En los últimos años, Ernesto Ramírez se ha enfocado en proyectos específicos para salud mental y manejo de casos para personas que conviven con VIH/SIDA.

Cuando era niño, ir a cine era todo un acontecimiento. Imágenes talladas en mi memoria me remontan a mis 4 años o tal vez 5. Esos primeros recuerdos los tengo dibujados en mi mente, una película protagonizada por Raphael y otra sobre la pasión de Cristo. Era 1969 o 1970.

Ambas fueron en el Teatro Morales, en el sector de Pueblo Nuevo de Buenaventura. Haciendo una búsqueda sobre la filmografía de Raphael, encuentro que estrenó una por esa época llamada Sin un adiós. Pudo ser esa. Ese día, también me quedó grabado el fuerte aguacero que caía cuando salimos de cine y el taxi que nos llevó hasta el barrio Nayita, donde vivíamos. En otra ocasión vi la otra película, la religiosa, lo que más recuerdo es ver a una señora llorando a moco tendido cuando infligían a Jesús en castigos horribles y era clavado a los maderos, toda la escena me impactó, la de la película y la señora a llanto herido, tortura sin censura, me imagino que era Semana Santa.

Luego mis recuerdos, los mayores de todos, los tengo en el Teatro Caldas, ubicado en el centro de Buenaventura. Ahí pasé de niño a la pubertad y de la pubertad a la adolescencia y de la adolescencia a la juventud. Un collage de películas grabadas en mi cerebro como fotogramas que quedaron impresos en mis neuronas.

Recuerdo que influenciado por las películas chinas, a mis 6 años, competía con una compañera de escuela, la Santo Tomás de Aquino, a ver cuál podía llegar de un brinco desde el suelo a la parte más alta del pupitre y quedar parados, claro, imitando esas escenas fantásticas de las películas chinas que mostraban todo el tiempo a personajes volando y saltando alturas impresionantes. Recuerdo a ver visto todas las de Kung Fu con el maestro Bruce Lee.

También llegan a mi mente algunos matiné, aunque no con claridad una película en particular. Pero sí de ir de la mano de alguno de mis hermanos, todos ellos mayores que yo. Era el niño y lo sigo siendo en mi familia, soy el menor de 5 hermanos, siempre seré el niño de la casa.

Volviendo al cine, cómo no recordar una película del famoso agente 007 que nos proyectaron en la Escuela José María Cabal ubicada en la segunda etapa del barrio La Independencia, para ese entonces tendría 8 o 9 años. Emoción, mucha emoción con esas escenas de persecución y de acción.

A mis 10, me sobrecogí con Tiburón, su música todavía me remonta 45 años al pasado, creo que es una de las mejores bandas sonoras logradas para cualquier película hecha hasta el momento. Bien por el maestro John Williams, el eterno compositor que siempre ha hecho una dupla perfecta con el director de cine Steven Spielberg.

Una de las cosas que más me ha maravillado del cine han sido las escenas en carreteras desérticas y abandonadas que dieron paso a todo un género que llaman Road Movies. Y hay una escena que creo me marcó en este sentido. Se trata de la película Encuentros cercanos del tercer tipo, también del maestro Spielberg. Sin ser una película de este género de largos viajes por carretera, hay una escena en una vía solitaria en la oscuridad de la noche cuando al protagonista se le apaga el carro y queda a merced de un OVNI y sus potentes luces que iluminan el vehículo y ese paraje rodeado de árboles. Para ese entonces, ya estaba entrando en mi pubertad. Tenía 12 años. Pero sin duda, fue Mad Max, la de 1979, la que hizo ratificar mi gusto por este género del Road Movie.

Y el Teatro Caldas y sus películas siguieron impactando positivamente mi vida en mis años de pubertad y adolescencia. Los 70s y esa maravillosa década de los 80s con películas como Fiebre de sábado por la noche, todas las de Aeropuerto, Supermán, El Padrino, Flashdance, E.T., Caracortada (Scarface) , y Brillantina (Grease), aunque no estoy seguro si esta última la vi en el Caldas o en el Teatro Junín. Y hablando del Junín, ahí vi mis primeras películas XXX.

Recuerdo también cuando era muy niño unas sombras gigantes que aparecían en la pantalla del teatro recorriéndola de un lado al otro. Era mágico. Años después descubrí que eran las sombras de los espectadores proyectas en la pantalla gigante cuando atravesaban la luz del proyector. Incluso, la sombra del vendedor de gaseosas y chitos que se paseaba agachado por palco y en tono muy bajo ofrecía su mercancía diciendo, “chito gaseosa, chito gaseosa”. Este vendedor tampoco podía evadir el potente proyector del Teatro Caldas.

En fin, recuerdos y más recuerdos. Como el que me llega en este momento. Vi La naranja mecánica, la película de Stanley Kubrick de 1971. No sé en qué año la vi porque a Buenaventura todo llegaba mucho después. A lo que voy con todo esto, es que apenas tendría 7 u 8 años. Parece que no existía la censura a comienzos de los 70s en el Puerto, pero vi una película violenta y fuerte; fotogramas de escenas de torturas quedaron en mis recuerdos.

Estoy casi seguro que este gusto por el cine fue una de las razones, sin ser la única, que me llevó a estudiar Comunicación Social en la Universidad del Valle y a amar al cine por siempre. Por eso, recuerdo con mucha emoción cuando iba al cine en Buenaventura y me hacían la clásica pregunta en la taquilla bien sea del Caldas o del Junín, ¿Palco o Luneta?.

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