Buenaventura en Linea

VIAJE EN EL TIEMPO: 1983

Ya está terminando nuestro paseo por “Playa Basura” y hay que regresar a casa. Es viernes 17 de junio de 1983 y hoy tuvimos nuestro último examen, celebramos el final de nuestro 5o de bachillerato y el inicio de nuestras vacaciones. Tanto Julio como yo hemos ganado el año lectivo y vinimos al parque Néstor Urbano Tenorio a comer chontaduro, cholado y papitas fritas, esas que fritan en el carrito y que las venden en bolsas de papel. Estuvimos gran parte de la tarde sentados frente a la bahía viendo cómo entraban y salían barcos y disfrutando del atardecer más hermoso del mundo, una puesta de sol que sólo se puede apreciar en nuestro querido Buenaventura.

Nos tenemos que ir, ya es tarde. Me dice Julio César.

Si, ya es tarde. Vámonos, no vaya a ser que doña María Luisa te regañe. Le respondo, mientras vamos saliendo del parque a esperar la buseta ruta 1 que va hasta el barrio La Independencia, donde yo vivo.

Corremos y nos alcanzamos a subir en la primera buseta que pasó. Empezamos el recorrido. Como siempre, el microbús dobla a la izquierda en la esquina de la calle 1ra con carrera 5a. Pasamos por el frente del Hotel Confort y la buseta hace una parada en toda la esquina de la carrera 5a con Calle Nueva. Miro a mi izquierda por la ventanilla de la buseta y veo la Galería Central, con su fachada antigua en concreto y un gran depósito de basura casi al frente de la entrada del mercado. El conductor se impulsa y sube la pendiente y doblamos a la derecha para continuar nuestro viaje. Pasamos por el F8 y luego bajamos por la calle Rondinela hasta la plaza en forma de triángulo al frente del Colegio Pascual de Andagoya. Nos detenemos mientras se suben muchas personas que vienen desde Pueblo Nuevo. Se alcanza a ver mucha gente por la calle La Valencia y Cundinamarca.

-¿Ernesto, por qué no vas hasta mi casa un rato? Me invita Julio y yo le digo que sí, mientras la buseta pasa por La Curva. Veo a mi derecha esos dos tanques grandes de agua que han sido parte del paisaje del Puerto desde que yo me conozco. La calle próxima por la que pasamos y que está a mi izquierda, me dicen mis hermanos mayores que se llamaba La Pilota. Fue en algún momento la calle de tolerancia de Buenaventura. La buseta pasa por La Piña Madura y luego hace una parada en la entrada del barrio El Firme.

– Ve, Julio, tenemos que venir a cine la próxima semana, van a presentar en el Caldas una película que me quiero ver.

– Listo, ahora nos ponemos de acuerdo a ver qué día podemos.

– Julio, ¿pero tu mamá no se enoja? Porque a doña María Luisa no le gusta que su hijo mayor salga a callejear.

No, no te preocupés que ya estoy en vacaciones y no me va a decir nada.

La buseta hace otra parada en el barrio El Jorge y alcanzo a ver cómo una ambulancia va en dirección al hospital ubicado justo a la entrada del barrio. Recorremos un largo trayecto y por las ventanillas entra el olor salubre que me indica que vamos llegando al Puente El Piñal. La buseta recorre esos 200 metros de puente que une la Isla Cascajal con el continente. Hay marea alta y se pueden apreciar a mi derecha algunos barcos atracados en las pesqueras. Una vez cruzamos el puente me llega el olor a madera húmeda y puedo ver a mi izquierda enormes tablones arrumados a un lado de la vía. Unos metros más adelante, nos toca cerrar las ventanillas porque las carboneras a la entrada del barrio Kennedy han llenado de humo toda la zona. Alcanzo a ver varios cerros de aserrín humeante que escupen chorros de humo por arriba y por los lados. Siempre me ha parecido mágica la forma de hacer el carbón. Llegamos al Cinco y la sede del Sena y el Club Zabaletas se aprecian a la derecha justo delante del estero San Antonio que bordea toda esa zona de Buenaventura. Ya casi llegamos al barrio San Luis, donde vive Julio, pero antes, la buseta para en la entrada del Cementerio.

Por fin llegamos a la casa de Julio y doña María Luisa me recibe muy amablemente.

– Hola mijo, ¿cómo ha estado? Me pregunta con esa sonrisa que siempre dibuja en su rostro y que me confunde porque refleja toda su malicia, como queriendo acusarme de haber estado haciendo alguna pilatuna.

– Bien, doña María Luisa. Le contesto y me da risa. Ella se sonríe con más fuerza y así nos comunicamos con mucha picardía, como si ella leyera lo que siento y pienso.

– ¿Y cómo les fue? Yo llegué de viaje hoy y traje tortuga – es el Tigre, quien con su voz delgada pero fuerte nos habla a Julio y a mi mientras viene caminando desde la cocina. Luego se dirige a mi y me pregunta – ¿Ha probado la tortuga alguna vez? – Don Óscar, el papá de Julio, es un veterano pescador conocido en el Puerto como El Tigre, sobrenombre que él mismo acuñó al contar la historia de haberle metido el brazo a un tigre hasta el fondo y haberlo volteado al revés, como una media.

No, don Óscar, nunca he comido tortuga – empecé respondiéndole la segunda pregunta – Nos fue bien, estuvimos casi toda la tarde en el parque.

Mientras tanto, doña María Luisa nos sirve un plato de comida y empiezo a degustar por primera vez una tortuga, el mismo sabor de un jugoso pescado, pero sin espinas.

Se hace tarde y debo continuar mi camino hacia mi casa. Quedamos con Julio de ir a cine el próximo miércoles mientras caminamos al paradero del barrio San Luis. Al poco tiempo llega un carpati que va para La Independencia.

-Chao, Julio, nos vemos el miércoles.

– Chao Ernest.

Me subo y conmigo se completa el cupo, así que no hacemos paradas ni en la entrada del barrio Juan XXIII, ni en el 14 de Julio, ni en María Eugenia. Llegamos a la entrada del barrio Bellavista y se baja un pasajero. Seguimos la marcha y pasamos por el frente de mi colegio, el Seminario San Buenaventura, pero es hasta La Burrita cuando volvemos a parar. A mi izquierda puedo ver la cárcel y la sede del ITI. Pasamos por la Transformación y veo el Liceo Femenino del Pacífico a la izquierda. El carpati sigue derecho hasta llegar a la entrada del barrio Grancolombiana. Unos metros más adelante gira a la izquierda y entra al barrio La Independencia, toma por la vía principal de la Primera Etapa y me bajo justo en el Pasaje Santander. Empiezo a bajar la calle hasta llegar a mi casa, una de las últimas bien abajo del pasaje. La puerta está abierta y doña Rosa Amalia y don Pedro Nel, mis padres, al igual que mi sobrina Lilianita de tan sólo un añito, se encuentran en la sala, mientras que mis hermanos Amparo y Mario están en sus cuartos. Mi mamá se levanta para servirme la comida, pero yo le digo que ya comí donde Julio.

Las vacaciones apenas empiezan y este recorrido lo haré muchísimas veces entre el barrio La Independencia y el centro de Buenaventura. Es junio de 1983, tengo 17 años y pasa por mi mente una rápida imagen futurista del año 2020. No sé por qué razón pienso en algo que está a 37 años de distancia. Me encojo de hombros y sigo a mi cuarto a cambiarme. Esa imagen futurista se va, pero aquél señor de 54 años sigue viajando en el tiempo al pasado y recorriendo las calles de la Buenaventura de su juventud.

Ernesto Ramírez

Ernesto Ramírez

Nacido en el puerto de Buenaventura, Ernesto Ramírez hizo sus estudios de secundaria en el colegio Seminario San Buenaventura. Estudió Comunicación Social Periodismo en la Universidad del Valle de Cali, hizo una especialización en Gerencia para las artes en el Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali e hizo un asociado en Liberal Arts en Hostos Community College del sistema de universidades públicas de la ciudad de Nueva York.

Por más de 18 años, Ernesto Ramírez trabajó en el canal regional Telepacífico como editor y realizador de televisión, para luego trasladarse a la ciudad de Nueva York donde ha trabajado en el campo de la salud, haciendo prevención y educación en VIH e infecciones de transmión sexual dentro de la comunidad latina de la Gran Manzana. En los últimos años, Ernesto Ramírez se ha enfocado en proyectos específicos para salud mental y manejo de casos para personas que conviven con VIH/SIDA.

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