Alegría y Novedad

Son buenos deseos navideños y también son realidades que el Papa suramericano indica como esenciales para vivir un encuentro con Dios. Termina el año dedicado a la fe por Benedicto XVI (2013) y el sucesor mira adelante hablando de alegría. Lo ha hecho en un documento pastoral (exhortación apostólica) retomando el trabajo de un encuentro de obispos en 2012 (XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos sobre el tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”).

Todo lo mejor de la vida, cuando expresa su autentica relación con Dios, se revela mas profundo, durable y hermoso. Así que la alegría puede ser presente en cualquier situación de la humana existencia y la novedad se vuelve sencillamente “eterna”.

Hablamos de una alegría verdadera, cotidiana, como la que aparece en una citación bíblica retomada por Papa Francisco: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14).

En el mismo tiempo, esta no es alegría de borrachos o tontos. Todos sabemos que hay muchas realidades que no son alegres por nada y el Papa no lo olvida: “reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo”. Que bueno que es deleitarse de una alegría resistente al mal y a la misma muerte. Una alegría que no huye frente a la amenaza del sufrimiento y que sabe ganar en el desafío de tratarse bien, de vivir más y mejor, en cualquier caso.

Hablamos de una novedad eterna. En efecto el garante de este proceso de innovación es Dios mismo. “Jesucristo – nos recuerda el Papa – puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina”.

Muchas veces pensamos que Dios ha programado detalladamente nuestro destino (y por tanto el único responsable de todo es Él); se nos ocurre que la fidelidad es no cambiar nada (y por tanto evitamos el riesgo de lo novedoso); a veces preferimos vivir nuestra identidad en un sentido tan estrecho como si se tratara de un absoluto (y desde aquí juzgamos que los demás están equivocados). En este sentido, el rechazo de las novedades es una elección cómoda, pues no es necesario asumir responsabilidades ni riesgos.

Con mascaras de fidelidad y palabras de inmovilismo (“siempre hemos hecho así”, “nunca hemos escuchados algo así”) reducimos cada vez más nuestro horizonte, para luego autotranquilizarnos diciendo ¡“así soy yo, así es la vida; ¡no hay nada qué hacer”! Así tenemos siempre la razón, no hay espacio para nuevas ideas y nuevas convicciones o propósitos; para fundamentar nuestra identidad ya están formuladas las ideas o directrices que había que formular, y aunque sean muy reducidas y quizás no muy claras, las asumimos y las defendemos como si fueran ¡únicas y definitivas!

Por la próxima Navidad hacemos a nosotros mismos un buen regalo: deseamos y vivimos, todos los días, una alegría y una novedad. Ya las tenemos, solo hay que reconocerlas.