Cuatro décadas no han logrado borrar la huella de dolor en la memoria de Colombia. Este 13 de noviembre se conmemoran 40 años de la erupción del Nevado del Ruiz, un evento geológico que desencadenó la peor tragedia natural en la historia reciente del país: la avalancha que en la noche de 1985 sepultó bajo lodo, piedras y escombros al municipio de Armero, en el departamento de Tolima.
Las cifras oficiales, frías e insuficientes para dimensionar la magnitud del duelo, reportan la muerte de más de 24.400 personas. La comunidad, sorprendida en medio de la noche en un noviembre ya convulsionado por la violencia de la época, fue borrada del mapa en cuestión de horas. La tragedia conmovió al mundo entero, y su imagen más perdurable y desgarradora fue la de Omaira Sánchez, la niña de 12 años cuya lucha de tres días contra el lodo se convirtió en un símbolo universal de la catástrofe y en un amargo recordatorio de la necesidad de sistemas de alerta temprana eficaces.
Hoy, Armero es un vasto camposanto, un lugar de duelo y reflexión donde el silencio habla más que las palabras. Los sobrevivientes y familiares de las víctimas han dedicado estos 40 años a mantener viva la memoria. La Fundación Armando Armero, uno de los bastiones en esta labor, ha documentado incansablemente lo sucedido y recuerda una herida que permanece abierta: según sus registros, aún hay 583 niños reportados como desaparecidos desde aquel fatídico día.
La conmemoración de este aniversario no es solo un acto de recuerdo, sino una voz colectiva que clama por hechos. La petición que surge desde las cenizas de Armero es clara y urgente: “Que la historia no se repita”. Este llamado es un reclamo directo a avanzar hacia políticas nacionales más sólidas en gestión del riesgo, monitoreo volcánico constante, y un acompañamiento real y permanente a las comunidades que habitan en zonas de alta vulnerabilidad.
A 40 años de la noche que partió en dos la historia de un pueblo, el legado de Armero trascienda el luto. Se ha convertido en una lección imperecedera sobre la fragilidad humana frente a la fuerza de la naturaleza y, sobre todo, en una demanda constante de prevención, para que ninguna otra comunidad en Colombia tenga que vivir una tragedia anunciada. La memoria de las 24.400 víctimas y la mirada de Omaira exigen, hoy más que nunca, no bajar la guardia.

