En el corazón de Buenaventura, un símbolo de esperanza se ha convertido en una cicatriz de abandono. El Estadio Marino Klinger, proyectado como un faro de desarrollo deportivo y social, yace paralizado, envuelto en la maleza, la oxidación y una profunda frustración comunitaria. Este escenario, cuya primera piedra fue colocada con pompa en abril de 2023 por el presidente Gustavo Petro, junto a la administración distrital y líderes cívicos, hoy es el epítome de las promesas incumplidas.
A más de un año del acto protocolario, la primera fase de la obra (contrato 85575-FONBUE-0082022) está estancada. El Consorcio Marino Klinger, a cargo de la ejecución, paralizó los trabajos, dejando a su paso un panorama desolador: materiales desperdigados o perdidos, hierros que sucumben a la carcoma del óxido bajo la lluvia y el sol, y avances tan mínimos que rayan en lo inexistente, muy lejos de responder a las urgentes necesidades deportivas del Distrito.
“El problema es que no se puede hacer otra licitación, hasta que no sea liquidado el contrato actual”, explica un miembro de la veeduría ciudadana, resumiendo el nudo burocrático que mantiene cautivo el proyecto. A pesar de las gestiones de control y vigilancia ciudadana, no hay claridad sobre responsabilidades ni fechas para una reactivación. “Hoy el Estadio Marino Klinger no avanza ni para adelante ni para atrás; es una obra estancada que necesita respuestas claras y soluciones urgentes”, denuncian voceros del otrora escenario.
El abandono, sin embargo, ha cobrado un precio más alto que la simple decepción. La zona, en el olvido, se ha vuelto insegura y peligrosa. Tragicamente, la paralización ya tiene una víctima mortal: un joven que perdió la vida por inmersión en uno de los pozos de cimentación que quedaron abiertos y sin señalizar, un crudo recordatorio de que la inacción también mata.
Para los bonaverenses, este estadio representaba más que gradas y canchas; era una oportunidad tangible para fortalecer el tejido social, ofrecer alternativas de recreación a la juventud y materializar una inversión real en una ciudad históricamente marginada. Su paralización no es solo un fracaso administrativo, es un golpe a la confianza de una comunidad que ha visto, una y otra vez, cómo los anuncios grandilocuentes se diluyen en la inercia.
La pregunta que flota sobre los hierros retorcidos y los cimientos a medio hacer es directa y urgente: ¿Quién debe responder por esta paralización y qué acciones inmediatas se tomarán? La comunidad, la veeduría y las autoridades distritales claman por una solución. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres tiene pendiente pronunciarse sobre los riesgos inmediatos en el sitio. Mientras tanto, el silencio de la obra habla más fuerte que cualquier discurso, narrando una historia de esperanzas defraudadas y de un desarrollo que, por ahora, sigue en pausa.